Carlos Pistelli

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30 de Junio de 1896.

 Arrastraba las patas en el fango, sin poder levantarlas, ya de cansancio, ya de resignación; Alguien le gritó, “Quién te ha visto, y quién te ve!”, y un hilo de baba le rodó por la pera hasta dar con el suelo, en donde por poco no se vuelve a caer.

 Embarrado, enjuto, totalmente ebrio, cansado de toser la tuberculosis que lo está matando hasta devenir en una sífilis que no lo deja coger, una sola cosa lo mantiene vivo: Entorpecer el ascenso del malnacido de su sobrino. Y al sentirse pensando así, Leandro Alem, llora de angustia, de soledad, de pobreza y miseria, de andar los caminos harapientos para que, finalmente, el hijo de re mil putas de Pellegrini le ganara la partida.

 No era Leandro Alem los que tremola el pabellón, arriando el coraje legendario de sus patriadas. ¡No!, Leandro Alem jamás se rinde, jamás retrocede, jamás cede un céntimo de terreno en pos de sus principios inquebrantables. Y si no se quiebra, será tiempo de demostrar que…

 Y quedó callado.

 Llueve en Buenos Aires, como casi cuando empieza el invierno siempre. Llovía cuando llegaron los ingleses, llovía cuando Castelli y Belgrano hicieron la Revolución, llovía cuando Rozas rendía honores a las tropas que combatirían al Brasil.

 Alguien volvió a reconocerlo, ¡Ánimos, doctor, la Patria y el Pueblo son suyos!. ¿Cuántas veces ha escuchado las mismas palabras que llenaron de aliento su existencia?. Pero. Pero el corajudo Leandro Alem extraña, y rememora, desalentado, y victimizante, aquel poema que Guido y Spano elogió grandemente:

Fantasmas que giráis sobre mi frente, negras visiones que agitáis mi alma,
¿qué queréis? y ¿quién os manda del abismo para llenar de sombras mi morada y
¿Sois, acaso, funestos mensajeros
que a presagiar venís nueva desgracia? y
¿no queréis que en la vida me ilumine ni el débil resplandor de una esperanza?
¡Mirad! ¿No véis la tenebrosa lucha en que mi noble corazón desangra y pues bebiendo por horas el acíbar
ni un quejido he lanzado… y ni una lágrima !
¡Ah ! si venís con el siniestro intento
de que incline mi frente en la batalla, ¡volved sombras impías al abismo
porque es muy grande la virtud de mi alma !

Desde el primer instante en que mis pasos al tumulto social se aproximaban, sentí sobre rni frente candorosa el hálito fatal de la desgracia.
Y al buscar del hermano la sonrisa,
desdeñoso y cruel me dió la espalda,
y huérfano y errante entre el tumulto
las sombras de las tumbas me rodeaban.

Pero ¡Adelante! -dije – que en la lucha,
se retemplan mejor las grandes almas,
cuando inspiradas por la voz de Cristo
al porvenir dirigen sus miradas.

Fantasmas que venís en torno mío
para eclipsar la luz de la esperanza,
¡volved a sepultaros al abismo:
¡Yo no inclino mi frente en la batalla!

.

 “Yo no inclino mi frente en la batalla”, alcanzó a murmurar.

 ¿Dónde está Aristóbulo?, ¿Dónde están las fuerzas que necesito para triunfar?, ¿Dónde estará ese carrerito desagradecido sin sentido de la moral?. Hipólito, no perdona. Carajo, que le he formado para que sea Jefe, pero nunca para que me desobedezca. ¿Qué pasa, adónde voy, quién soy yo?. Soy el hijo del ahorcado, ese pobre hombre que fue mi padre, al que amé como a nadie, y del que siento vergüenza de ser hijo. El hijo de la india, el borracho, el pobre loco que sueña con que los pueblos sean libres y honrados, dignos de ser llamados argentinos, como San Martín y Moreno.

 Cada pensamiento le costaba un esfuerzo sobrehumano, un calor le golpea el pecho, y una tos le voltea el rostro como una bofetada que viene a devolverlo a la realidad: Balmaceda, piensa, Balmaceda, el presidente chileno en la legación argentina en Santiago.

 Lo planifica con detalle, Sólo se apena no poder estar él mismo llorando cuando todos le vean inerte y con la sangre corriendo por la sien encanecida, y joven, pero avejentada de tanto perder. Se piensa muerto, entre amigos que le lloran, y mujeres que se arrojan al suelo desesperadas. Entonces lo ve, Inmune, seco, efigie, detrás de todos en el sepelio, con un dejo de desdén e incomodidad de tener que presidir el funeral. Carrerito insensible, gruñe, no corre sangre por tus venas.

 De pronto se ve brindando en el casamiento de Leandrito, semanas después, y se reconforta. Ese chico es hueso duro de roer, es madera buena.

 He amado mujeres ajenas, propias, piringundines donde anduve de chico, y se sonríe. Se recuerda en la antesala de las casa de las señoras, en donde en el patio central, lo espera don Adolfo, “Bueno, Leandro, espero sus votos de Balvanera, para hacerle comer la barba a ese barbarucho de Mitre”.

 “Mitre”. “Esa sonrisa de hiel diciendo bondades de uno cuando sentías el desprecio y el ahogo reprimido de vomitar de juntarse con nosotros, los del pueblo, los de la periferia, los radicales.

 Pero yo sé quien es Mitre, Más me duele lo de Pellegrini, funesto, implacable, despreciable, desgraciado, traidor, cojonudo, impotente y estéril. Yo al menos tengo un hijo y él será sepultado en la memoria como un traidor hijo de puta, Eso es, un mero traidor hijo de puta.

 Alguien lo palmea, y los dientes rechinaban de furia en pensamientos lejanos. “Viva Alem”, escucha de una mesa de bar, donde unos jóvenes, le invitan a café. Con un ademán, sigue su camino.

 Suda, y se seca el rostro. La barba está empapada. Se detiene a sacarse el pañuelo, y limpias restos de sangre en el bigote. De pronto se descubre otra vez en el suburbio, otra vez, en Balvanera.

 Seiscientos a cero!!, Exclama La Nación, y profiere insultos delicados a la figura del punterito alsinista. El Presidente lo llama a su despacho. Lo recibe con una carcajada mientras le muestra el titular. Joven, me ha hecho el día, qué quiere de comer?. Señor Presidente, lo que Ud. disponga. Ah, vamos, vamos, mi’jo, Podrá contarle a sus hijos que comió en la Casa de Gobierno, conmigo, y nadie podrá negar, que Ud, vaya a conocer mejor grande hombre que yo. El mozuelo asiente con la cabeza, y un palmazo fuerte casi lo tira al suelo. Haremos grandes cosas Ud. y yo, doctor.

 ¿Y si tanto amenazan con irse, por qué finalmente no se van?. La bancada católica se va, y el representante de la Gran Logia, exulta, ovacionado. Al volver para la casa, un coche le pasa al lado. Vio Alem, vio, le dije que haríamos grandes cosas Ud. y yo, Ahora venga, suba, vayamos a comer, que así podrá contarle nuevamente a sus hijos, que alguna vez cenó con Sarmiento.

 La noche le besa la mejilla diciéndole adios, y el alba parece devolverlo del pasado. El cielo ya clarea, y Leandro Alem ve por última vez el amanecer. Respira aliviado. Leandro Alem se apresta a culminar su faena final, es decir, el matarse.

ALEM

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