Carlos Pistelli

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Alba del 1° de Julio de 1896,

 Se coge de las barbas, se tapa la cara, gruñe, no puede creerlo. 

 Ya no hay balas, en el Arsenal del Parque, y no quedará otra cosa que rendirse. Siente que Espina dice que los va a fusilar por borrachos, Cállate, Espina, no te das cuenta que siempre fuiste el mismo sonso. Espina enrojece, y jamás le perdonará esa afrenta: taconea y se va.

 Quedan Campos, todavía compungido por la muerte del hermano, Aristóbulo, e Hipólito. El Presidente de la malograda Junta Revolucionaria menea la cabeza, y no quiere mirar hacia su sobrino, que con rostro inescrutable, le está diciendo, “ahí tené a lo’ mitrista’, ahí tené”.

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  Estaba de pie, oyendo, entre Barroetaveña y Del Valle, cuando alguien gritó entre la multitud, ¡Qué hable Alem!. ¡Sí, que hable!, Se corea su nombre, casi olvidado. Aristóbulo, sonrisa plena, lo palmea, y el joven entrerriano lo invita a disertar. Se para frente al público, cierra el puño, hincha el pecho, y exclama:

 Leandro, le despierta su hermana.

 Es otra vez su casa, el sillón de la antesala, es el alba del 1° de julio de 1896.

 Te parece que prepare una comida para esta gente, que viene a la noche. 

 Sí, sí, murmura sin convicción.

ALEM

 ¿Qué ha sido de Juana Iparraguirre?, se dice así mismo, mientra toma el mate amargo, como macho que es. ¿Cuántas calamidades seguirán pasando en el mundo sin mi presencia?. Tal vez, pero el solo pensar tal vez, le retorció como un escalofrío el cuerpo, y volvió a la serenidad de saber que era su última mañana en este mundo. 

 Mucha gente ha de morir, si seguimos en esta línea, señores, y el invitado volvió a beber el café en tasa de porcelana, que la familia Rocha insistió en servir.

 Estamos preparados, caminaba de aquí para allá el dueño de casa, No es cierto, Leandro, tú tienes gente lista, y bien predispuesta, No es cierto?,

 Exhalando el humo, Leandro inquirió, Me interesa saber qué clase de gobierno piensa hacer el general.

 Molesto por la pregunta, el susodicho dejó la taza en la mesita ratona, Primero, debemos ganar la batalla que Uds tan dispuesto están en dar, No soy hombre, a pesar de ser formado en las armas, de disfrutar el derramamiento de sangre, No es jugando a las revoluciones que haremos un gobierno serio y patriótico.

 Hemos sido compañeros de armas, estimado general, le dijo en sorna, Hemos combatido juntos en Cepeda y Pavón, y en la guerra del Paraguay. No nos falta coraje para la empresa.

 No es al coraje a lo que debemos recurrir, es a la prudencia. El derramamiento de sangre jamás debe ser en vano, doctor Alem. Demasiadas batallas llevo encima, para saberlo, y volvió a beber del café.

 Sí, sí, tiene razón el General, dijo Dardo, y Aristóbulo apenas asintió, observando la tensión ambiente entre Alem, y… Entre Alem y Roca.

 Al despedirse, esa misma noche, pudo decirse así mismo, Nunca formaré partido con ese militarucho ambicioso y pequeño. Y en la berlina que lo devolvía a su casa, Roca se decía, Quién mierda se creerá ese caudillito de suburbio.

.

 Evidentemente, la concepción de vida, de la política, y del país, no era en nada la misma, para Alem, y para Roca.

135px-AlemJoven

 Grandes hombres, pensó en el sillón, todos grandes hombres a los cuáles he enfrentado, sin miedo, sin bajarles la mirada, sin agacharme a reducirme a ser un pobre mandadero. Como lo fue mi padre, primero con Rozas, y luego con los que vencieron para salvaguardar su vida, y la perdió igual, porque el muy cobarde prefirió agacharse a… ¡No!, No debo pensar así, Era un buen hombre, estaba enfermo, y si alguna paliza me dio, no puedo olvidar sus palabras de afecto, su mandarme a Palermo cada tanto a verlo a él, Nada menos, que a verlo a Él.

 El joven viene de parte de Alén, Excelencia, le dijo Cuitiño, y el avejentado y gordo ojos de cielo y crueldad, le permitió entrar. Le miró de arriba a abajo, como reconociendo en esa mirada a una joven con la que pudo, dicen las malas lenguas, aunque él era hombre fiel, de una mujer, dicen, las malas lenguas, que estuvo, y para preñarla, encima, pidiéndole a un vasco europeo que le pidiera matrimonio, con su bendición, para guardar las formas. Pero son mentiras de callejuelas, se decía Leandro en el sillón. Martín y Roque son idénticos a él, y ya Él, estaba lejos, en Londres, dijeron algunos, Southampton, se supo después.

 ¡Pase niño!, gritó Cuitiño. Allí estaban, de pie el pequeño mocoso de nueve años. Sentado y regordado, el Dueño de los destinos de la América del Cono Sur.

 Está desfalleciente, coma algo, al salir de acá. Qué se le ofrece.

 Excelencia, el niño es un buen estudiante, viene pidiendo una beca para continuar los estudios.

 Eres un buen federal?,
 Sí, señor.
Vas a misa?
 
 Sí, señor.

 El avejentado golpeteaba la mesa, ponía los labios en punta y hacía gestos acompañados de las cejas.

 Leandrito Alén.
 Sí, señor.
 Yo le pregunté, acaso, para que Ud me contestara?, y sus ojos recuperaron ese esplendor implacable de años de mandar.
 No, señor.
 Ah, mire Ud. Mire Ud. Cuitiño, quien intentaba hacerle gestos al niño para que mantuviera la compostura. Nos ha salido contestador. Y le volvió a mirar:

 Leandrito Alén, me ha dicho.
 Leandro Alén, hijo, señor,
 Oh, mire al niño, Cuitiño. Corajudo el muchacho. El mazorquero asintió sonriendo, nerviosamente. Cuida las formas, muchacho, estudia, reza, haz caso a los mayores, sé buen federal. Y quítate esa expresión de la cara, tan altanera, tan creída, y entonces su voz tomó el frío metálico que todos conocían cuando daba la orden, Muchacho, no te olvides de andar recto por la vida.
 Sí, mi Restaurador.
 Ja ja ja ja, Ya me hizo el día este muchacho, Ni Eusebio de la Santa Federación me ha resultado tan insolente. Vaya, mi’jo, Vaya que lo sacaremos bueno.

 .

Alem respira hondo en el sillón de calle Cuyo. No se acuerda si eso fue verdad, o no, Pero sí puede decir, que Juan Manuel de Rosas no le daba miedo, como a tantos otros que conoció, conocerá, y dejo de conocer.

Leandro Alem

 Van pasando las horas sentado en el sillón, Ni almorzar ha pedido, y cuando está de gruñón, todos saben que no deben molestarle. Cada tanto se peinaba el jopo histórico, Cada tanto, enrulaba la barba blanca como el candor de sus buenos pensamientos. 

 Todas sus amistades concuerdan en decirle que sus discursos por la capitalización de Buenos Aires fueron los mejores que dio. Él recuerda esos tiempos contrariado. Fueron tiempos de lucha, y guerra, y él, por convicciones, se mantuvo apartado. Mas cuando salió de la palestra para el combate intelectual, un viejo amigo vino a ponérsele en contra,

 Despierten, che, que nos chuzan. La noche los envolvía salvajemente, y José y Rafael despertaban al joven Leandro, a las orillas de la Cañada, para rajar por sus vidas. Una cuchillada general, pese a oírse unos disparos sueltos, estaba degollando al resto de un Ejército Nacional de las provincias que quisieron llamarse Confederación, y sin, o contra, Buenos Aires. Al galope, al cuero nomás, rajando como se fuera, camino hacia donde, pero bien lejos de esos asesinos que vendrían por más.

 Cuando el alba los rodeó, y pudieron darse por enterados de las que habían salvado, los tres se juramentaron que jamás volverían a ser tomados por sorpresa por un taimado llamado Bartolomé Mitre. 

¡No soy yo quien ha variado de rumbos!
Y qué raro, doctor, entonces, viéndolo del brazo del mitrismo,
Y que raro el poeta del gauchaje, defendiendo a la oligarquía,

 La barra aplaudía a rabiar a los contendientes, como dos púgiles de la oratoria, dos eximios poetas del decir popular.

 Digamos la verdad, somos federales y demócratas cuando el llano, unitarios y déspotas en el poder,
 Hay que reconocer el resultado de las elecciones, y la voz de los pueblos de las provincias, Buenos Aires alguna vez deberá acatar la voz de la Nación.
 Que equivocado, mi viejo amigo, si piensa que esto es entre los pueblos. Una oligarquía porteña viene a ser reemplazada por una oligarquía nacional.

 La Cámara llamó a votar, dando el triunfo a la tesis del poeta gaucho, contra la del caudillo suburbano.

 Los hermanos sean  unidos, porque esa es la ley primera, ¿Cuántas veces te ha salvado Cruz, Leandro?
Muchas, José, muchas, pero yo no acepto los consejos de Vizcacha,
¿En eso, piensas, qué me he convertido?,
Hasta siempre amigo, ya nunca, nos volveremos a ver.
Vas camino a ser un caudillo sin pueblo, Leandro, Ojalá Dios te las depare buenas, hasta siempre.

.

 Era Caudillo, Leandro Alem, pero también doctor de pobres y viudas, de niños sin padres, de abandonados por la sociedad, de desposeídos, como diría él, con ronca voz llorona de Patriarca renacido. Con los brazos sostenidos en el respaldar del sillón, y con las piernas cruzadas, mirando el lejano horizonte que empezaba a presentársele, Leandro Alem, dispone a pasar, su última tarde en este mundo. 

ALEM

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