Carlos Pistelli

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Alem/Yrigoyen.  Atardecer del 1° de Julio de 1896. De Fantasmas. 

Es necesario no olvidar que la parte principal de la acción corresponde al pueblo. La Unión Cívica debe ser continuada con la misma actividad y energía del presente, porque el rayo de luz espiritual que el Creador ha impreso sobre nuestras frentes como nación nos impone sagrados y altos deberes en todas las esferas de la vida. Una moral propia. Nuestra política debe ser un certamen de honor y competencia. El puesto que nos está señalado en la marcha del mundo, la retempladora melancolía que produce la conciencia del deber cumplido en su más alto concepto”.

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 “Se nos ha llamado radicales intransigentes, y aceptamos el mote con orgullo, porque no vamos a transar con la ambición de los impacientes, y no hay quien pueda matar este espíritu llamado radical”. “No hay quien lo pueda matar…”.

 Estaba sentado en este mismo sillón mientras esperaba que Leandrito cerrara la puerta. Es el agosto de 1893. Estábamos tan cerca, tan cerca…

 Estamos tan cerca, Hipólito, qué no podemos parar. No me vengas con pruritos ahora, no es momento para tus reflexiones teóricas de filósofo moralista de morondanga: ¡Hay que tomar el poder!

 No estamos en Venezuela, Leandro…

 ¡Carajo con esas palabras!, ¡Sí, palabras, palabras!, ¡Propias de un cagón!.

 Yrigoyen se para, con el puño cerrado a punto de llegar a destino.

 Sí, cobarde, te llamo, a vos, a vos, Hipólito Yrigoyen, a vos, le decía haciéndole frente, parados uno cara a cara con el otro.

 Pero Yrigoyen se dio la vuelta, mirándole con desprecio, cogiendo el bombín, sin querer despedirse, siquiera.

  Ahí se va un cagón.

 Un cagón que se va, le dijo mirándole por encima del hombro, ante otro que quiere tomar el poder, y confunde al poder con una botella.

 Alem se le acercó con dos pasos lentos, teatralizados, sordos.

 No hay dudas, Hipólito, que alguna vez llegarás. No hay dudas de ello. Pero puedo asegurarte, que esa moralina que cubre tus anchos hombros, recordarán esta noche, en esta sala, con este, tu tío y mentor, y veremos qué te dice mi fantasma, cuando ciego de poder, apenas puedas ver más allá de tus ambiciones recónditas, oscuras, y desalmadas. Oh, sí, Hipólito, le dijo entre sonrisa falsa, yo estaré ahí, cuando cometas ese error que no querrás cometer.

 Yrigoyen se enderezó, Siguió su camino. Tomó el picaporte, y, finalmente, le dijo sentencioso pero con criterio de Dios,

 El tema, tío, es que yo estaré sentado en el poder, mientras vos seguirás siendo un fantasma.

 ¡Fuera de aquí, canalla!, volvió a gritarle, mientras Leandrito y Leopoldito Melo no daban asidero a todo lo escuchado. 

https://carlospistelli.wordpress.com/2017/05/04/encuentro-en-calle-cuyo/

 ¡Fuera de aquí, canalla!. Y recordó esa última vez que se vieron las caras. ¿Me jugó en contra, el cagón?, Sí, claro que sí. No lo culpo. No tiene escrúpulos. Pero no deja de llamarme la atención. Yo lo formé, Yo lo hice, Yo iba todas las noches a su cuartito del fondo, de anacoretá, a decirle lo que pasó en lo de Aristóbulo, con Sarmiento, con Roca, con Dardo, con don Bernardo. Le enseñé todo, le enseñé como pensaban. Y, sí, y, sí, ahí me escuchaba, en silencio, rostro inescrutable, con alguna que otra frase hecha de cartón, inescuchada antes, inventada, palabras del viento que trae su recuerdo, susurrante, en bajo tono, callando opiniones dándose un don majestuoso, y sabio, profético, casi nostradámico. Oh, sí, Yo le enseñé todo. ¿Y qué ha hecho él con todos mis conocimientos?. Los ha vuelto en mi contra. Cruel mueca del destino, Mi Hijo, en mi contra. Ni Judas, porque él no quiere denarios, él quiere mandar, él quiere ser el Rosas del fin de Siglo. Y necesita que sea su Dorrego, su Quiroga, para llegar al poder.

 Lo hice Presidente del Partido en la Provincia. Todos me preguntaban si ese nepotismo no iba en contra de mis ideas, pero hay cosas que los tontos no entienden. Un Caudillo puede decir cosas, pero mandar tiene sus trampas. El tema que una cosa es hacer trampas, y otra cosa es ser un tramposo. Una vez, me dijo, Juzgas demasiado a las personas, tío, y solo tienes que analizarlos por lo que hacen. ¡Un hijo de puta, es un hijo de puta!, le dije, Musitó, preparándose para acostar, dando por terminada la charla esa vez, Que bebas mucho, no te hace un borracho, Solamente bebes mucho. 

 En 1892 estábamos dispuestos a ganar por las buenas, y Pellegrini nos trampeó. Los chismes me dicen que él me la jugó. En realidad, me la quiso jugar unos días antes declarando la abstención del partido en la provincia, y le mandé un ultimátum. Vamos a cerrar la campaña en La Plata, y ya mandé la invitación a todos los comité de distrito. Todos me dijeron que ahí estarían, y él, apenas murmuró, ‘Me la hizo, no por nada me ha enseñado todo lo que sé’. Seguramente pergeñó, o no, ir a lo de Pellegrini, inocente, a contarle de mis planes para las elecciones. Quién sabe. Pellegrini es una basura que usa a los hombres, y mi sobrino, que se cree la gran cosa, es tan sonso que no sabe que también se le usa para planes ajenos. 

 Me trampeó en agosto del ’93, y no vino a mi encuentro en septiembre. Está bien. Nos iremos a la mierda los intransigentes mientras él se arregla con Saénz Peña. ¿Qué duda cabe? ¿Qué duda cabe que él llegará?. Y el moralista que no se presta a golpes venezolanos, que jamás desangrará al pueblo por ambiciones de borrachos y locos, El moralista sabrá, que no todo es como él cree saber que es. 

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 Mientras se dormita en el sillón acariciándose la barba, repite, ¿Qué duda cabe que él llegará?. Y sentenció, quedándose dormido, y ahí te quiero ver, carrerito, ahí te quiero ver. 

 Señor Presidente, ingresó el edecán.

 Yrigoyen se puso de pie, pesadamente, estirándose el saco.

 El General Dellepiane está en las puertas de la ciudad, a punto de entrar. Asintió sin decir, cogió el sobre en donde estaba su renuncia, y se dispuso a salir para recibirlo.

 Salía por la puerta, cuando sintió que un fantasma se le aparecía por detrás, y muerto de miedo, alcanzó a oírle decir:

 ¡Qué semana, Hipólito, Qué semana!, ¿Trágica, podríamos decir?

 Y el Presidente que visitaba espiritistas, cerró la puerta, corriendo como chico asustado, porque le habían dicho, una verdad.

YrigoyenyAlem

.

 Y todavía no sabe, como yo sé, dijo el fantasma, que en la patagonia existe una estancia llamada La Anita. Y, entonces, mi sobrino, el candoroso moralista de mi sobrino, el artífice de la nacionalidad, el padre de los pobres, el Caudillo de la Democracia, se acordará de este fantasma, que ginebra en mano, totalmente borracho, muchas veces le dijo, apenas manteniéndose en pie: Carrerito, carrerito, vos sos el hijo de un carrero, qué te la das de saber nada, ni poco, ni mucho, ni tampoco qué. 

 ‘Me quedo aquí, si me lo permiten, estoy enfermo y no tengo adonde ir’, expresó tiritando, enfermo, engripado, desalojado del poder, al enterarse que una turba le había destrozado la casa. Nereo Crovetto intentaba negociar con los triunfantes qué hacer con el destronado presidente popular. Y éste, amado hasta el delirio, que había profetizado su propio fin al subir al balcón cuando volvió a asumir el poder, tiritaba sin querer alzar la vista.

 Porque allí estaba, de pie, y con los brazos cruzados, con una sonrisa a desgano, con una mueca como teniéndole lástima, el fantasma que lo persigue y le habla sin que pueda impedirse escuchar,

 Ay, carrerito, Ay, carrerito, Ay, carrerito.

 Y el depuesto Presidente del 6 de Septiembre de 1930, sollozó en silencio, pagando caro, en aquella tarde negra del país, todas, pero todas las que había hecho para llegar, y mantenerse.

.

 Una violenta tos lo despertó, convulsionándolo todo. Alcanzó a ver los fantasmas de Alén (p), Cuitiño, don Adolfo, Sarmiento, José Hernández, aquel soldado que entregó la vida en el Parque para que no le maten, Aristóbulo, y Solveyra, que le sonreían, esperándolo. Les sonrió, y se volvió a acomodar. Ahora déjenme dormir. Me quedan unas horas de vida, y me cansa tener que pensar en ese carrerito desagradecido, sin escrúpulos, y capaz de todo por hacerse con el poder. 

 

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