Carlos Pistelli

Blog debate de Historia Nacional, SUSCRÍBASE YA

Cisneros, abatido: “Hagan lo que quieran”.

Cisneros: “Hagan Uds. lo que quieran”.

-He sido víctima de la más terrible, oscura y pérfida traición que un hombre alguno haya sufrido. Castelli; Saavedra; Huidobro: ¡Tanto qué hice por ellos, y así me pagan!. ¡Quieren liquidar la herencia del padre moribundo cuando éste todavía vive!. ¡Así son, así sea, que sean recordados como los pérfidos traidores a los cuáles jamás debí consentir entre mis amistades!

El Comandante Terrada nos había permitido cubrir la velada en el Fuerte entre Su Excelencia el Virrey, y sus estrechos colaboradores,el brigadier Quintana, el fiscal Caspe y el edecán Coicolea. Su humor distaba de ser bueno, pero no estaba apagado, y mostraba intenciones de resistir, pese a las palabras del cnel. Saavedra por la tarde. Todo eso cambió luego de la borrascosa entrevista con el doctor Castelli y el segundo jefe de los húsares, don Martín Rodríguez. Hasta entonces el sesgo lúgubre y tristón del marino, héroe de Trafalgar, sordo por un cañonazo, melancólico y retraído, todavía mostraba esperanzas. Actor en un teatro ajeno a sus modos, no le faltaban talentos para interpretar su rol. Me pareció, o al menos eso cuento, que le han jugado en contra algunos ambiciosos que se dicen de su lado.

Libretita y lápiz en mano, intentaba anotar cada gesto, cada frase, cada sensación que le producía el jerez que se llevaba tímidamente a los labios. Impertinente, debí mover el avispero, para ver qué generaban mis palabras.

-Se le ha comunicado al señor Liniérs todo lo acontecido?.

Carraspeó sin ocultar la molestia que le causó la pregunta. Apenas le respondió algo al pasar del juego, a Caspe, y entre las penumbras de las velas que no le alcanzaban a iluminar el rostro, pude ver alguna contracción en el hombre. Todos sabemos que Liniers es la carta del triunfo del Virrey, pero no puede convocarlo. Nunca se sabe para donde disparará el Héroe de las Invasiones, el máximo ídolo de Buenos Aires. Esto mismo qué hice con el Virrey, Su Excelencia, lo hice con Castelli, ayer, y con Saavedra, cuando se retiraba hoy. Callate, impertinente, qué para insolente estoy yo, soltó con una gruesa carcajada el abogado; Con un empechón me tiró contra una pared, el Comandante. Nadie quiere, en Buenos Aires, oír nombrar el apellido de Liniers. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Carraspeó sin ocultar la molestia que le causó la pregunta. Apenas le respondió algo al pasar del juego, a Caspe, y entre las penumbras de las velas que no le alcanzaban a iluminar el rostro, pude ver alguna contracción en el hombre. Todos sabemos que Liniers es la carta del triunfo del Virrey, pero no puede convocarlo. Nunca se sabe para donde disparará el Héroe de las Invasiones, el máximo ídolo de Buenos Aires. Esto mismo qué hice con el Virrey, Su Excelencia, lo hice con Castelli, ayer, y con Saavedra, cuando se retiraba hoy. Callate, impertinente, qué para insolente estoy yo, soltó con una gruesa carcajada el abogado; Con un empechón me tiró contra una pared, el Comandante. Nadie quiere, en Buenos Aires, oír nombrar el apellido de Liniers. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe?
Carraspeó sin ocultar la molestia que le causó la pregunta. Apenas le respondió algo al pasar del juego, a Caspe, y entre las penumbras de las velas que no le alcanzaban a iluminar el rostro, pude ver alguna contracción en el hombre. Todos sabemos que Liniers es la carta del triunfo del Virrey, pero no puede convocarlo. Nunca se sabe para donde disparará el Héroe de las Invasiones, el máximo ídolo de Buenos Aires. Esto mismo qué hice con el Virrey, Su Excelencia, lo hice con Castelli, ayer, y con Saavedra, cuando se retiraba hoy. Callate, impertinente, qué para insolente estoy yo, soltó con una gruesa carcajada el abogado; Con un empechón me tiró contra una pared, el Comandante. Nadie quiere, en Buenos Aires, oír nombrar el apellido de Liniers. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Carraspeó sin ocultar la molestia que le causó la pregunta. Apenas le respondió algo al pasar del juego, a Caspe, y entre las penumbras de las velas que no le alcanzaban a iluminar el rostro, pude ver alguna contracción en el hombre. Todos sabemos que Liniers es la carta del triunfo del Virrey, pero no puede convocarlo. Nunca se sabe para donde disparará el Héroe de las Invasiones, el máximo ídolo de Buenos Aires. Esto mismo qué hice con el Virrey, Su Excelencia, lo hice con Castelli, ayer, y con Saavedra, cuando se retiraba hoy. Callate, impertinente, qué para insolente estoy yo, soltó con una gruesa carcajada el abogado; Con un empechón me tiró contra una pared, el Comandante. Nadie quiere, en Buenos Aires, oír nombrar el apellido de Liniers. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe?
-Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada.Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

-Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Carraspeó sin ocultar la molestia que le causó la pregunta. Apenas le respondió algo al pasar del juego, a Caspe, y entre las penumbras de las velas que no le alcanzaban a iluminar el rostro, pude ver alguna contracción en el hombre. Todos sabemos que Liniers es la carta del triunfo del Virrey, pero no puede convocarlo. Nunca se sabe para donde disparará el Héroe de las Invasiones, el máximo ídolo de Buenos Aires. Esto mismo qué hice con el Virrey, Su Excelencia, lo hice con Castelli, ayer, y con Saavedra, cuando se retiraba hoy. Callate, impertinente, qué para insolente estoy yo, soltó con una gruesa carcajada el abogado; Con un empechón me tiró contra una pared, el Comandante. Nadie quiere, en Buenos Aires, oír nombrar el apellido de Liniers. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe?
Carraspeó sin ocultar la molestia que le causó la pregunta. Apenas le respondió algo al pasar del juego, a Caspe, y entre las penumbras de las velas que no le alcanzaban a iluminar el rostro, pude ver alguna contracción en el hombre. Todos sabemos que Liniers es la carta del triunfo del Virrey, pero no puede convocarlo. Nunca se sabe para donde disparará el Héroe de las Invasiones, el máximo ídolo de Buenos Aires. Esto mismo qué hice con el Virrey, Su Excelencia, lo hice con Castelli, ayer, y con Saavedra, cuando se retiraba hoy. Callate, impertinente, qué para insolente estoy yo, soltó con una gruesa carcajada el abogado; Con un empechón me tiró contra una pared, el Comandante. Nadie quiere, en Buenos Aires, oír nombrar el apellido de Liniers. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Carraspeó sin ocultar la molestia que le causó la pregunta. Apenas le respondió algo al pasar del juego, a Caspe, y entre las penumbras de las velas que no le alcanzaban a iluminar el rostro, pude ver alguna contracción en el hombre. Todos sabemos que Liniers es la carta del triunfo del Virrey, pero no puede convocarlo. Nunca se sabe para donde disparará el Héroe de las Invasiones, el máximo ídolo de Buenos Aires. Esto mismo qué hice con el Virrey, Su Excelencia, lo hice con Castelli, ayer, y con Saavedra, cuando se retiraba hoy. Callate, impertinente, qué para insolente estoy yo, soltó con una gruesa carcajada el abogado; Con un empechón me tiró contra una pared, el Comandante. Nadie quiere, en Buenos Aires, oír nombrar el apellido de Liniers. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe?
-Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada.Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.


Carraspeó sin ocultar la molestia que le causó la pregunta. Apenas le respondió algo al pasar del juego, a Caspe, y entre las penumbras de las velas que no le alcanzaban a iluminar el rostro, pude ver alguna contracción en el hombre. Todos sabemos que Liniers es la carta del triunfo del Virrey, pero no puede convocarlo. Nunca se sabe para donde disparará el Héroe de las Invasiones, el máximo ídolo de Buenos Aires. Esto mismo qué hice con el Virrey, Su Excelencia, lo hice con Castelli, ayer, y con Saavedra, cuando se retiraba hoy. Callate, impertinente, qué para insolente estoy yo, soltó con una gruesa carcajada el abogado; Con un empechón me tiró contra una pared, el Comandante. Nadie quiere, en Buenos Aires, oír nombrar el apellido de Liniers. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Carraspeó sin ocultar la molestia que le causó la pregunta. Apenas le respondió algo al pasar del juego, a Caspe, y entre las penumbras de las velas que no le alcanzaban a iluminar el rostro, pude ver alguna contracción en el hombre. Todos sabemos que Liniers es la carta del triunfo del Virrey, pero no puede convocarlo. Nunca se sabe para donde disparará el Héroe de las Invasiones, el máximo ídolo de Buenos Aires. Esto mismo qué hice con el Virrey, Su Excelencia, lo hice con Castelli, ayer, y con Saavedra, cuando se retiraba hoy. Callate, impertinente, qué para insolente estoy yo, soltó con una gruesa carcajada el abogado; Con un empechón me tiró contra una pared, el Comandante. Nadie quiere, en Buenos Aires, oír nombrar el apellido de Liniers. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe?
-Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada.Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras:Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada.Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras:Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada.Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras:Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

-Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada.Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras:Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

Cisneros: “Hagan Uds. lo que quieran”.

-He sido víctima de la más terrible, oscura y pérfida traición que un hombre alguno haya sufrido. Castelli; Saavedra; Huidobro: ¡Tanto qué hice por ellos, y así me pagan!. ¡Quieren liquidar la herencia del padre moribundo cuando éste todavía vive!. ¡Así son, así sea, que sean recordados como los pérfidos traidores a los cuáles jamás debí consentir entre mis amistades!

El Comandante Terrada nos había permitido cubrir la velada en el Fuerte entre Su Excelencia el Virrey, y sus estrechos colaboradores,el brigadier Quintana, el fiscal Caspe y el edecán Coicolea. Su humor distaba de ser bueno, pero no estaba apagado, y mostraba intenciones de resistir, pese a las palabras del cnel. Saavedra por la tarde. Todo eso cambió luego de la borrascosa entrevista con el doctor Castelli y el segundo jefe de los húsares, don Martín Rodríguez. Hasta entonces el sesgo lúgubre y tristón del marino, héroe de Trafalgar, sordo por un cañonazo, melancólico y retraído, todavía mostraba esperanzas. Actor en un teatro ajeno a sus modos, no le faltaban talentos para interpretar su rol. Me pareció, o al menos eso cuento, que le han jugado en contra algunos ambiciosos que se dicen de su lado.

Libretita y lápiz en mano, intentaba anotar cada gesto, cada frase, cada sensación que le producía el jerez que se llevaba tímidamente a los labios. Impertinente, debí mover el avispero, para ver qué generaban mis palabras.

-Se le ha comunicado al señor Liniérs todo lo acontecido?.

Carraspeó sin ocultar la molestia que le causó la pregunta. Apenas le respondió algo al pasar del juego, a Caspe, y entre las penumbras de las velas que no le alcanzaban a iluminar el rostro, pude ver alguna contracción en el hombre. Todos sabemos que Liniers es la carta del triunfo del Virrey, pero no puede convocarlo. Nunca se sabe para donde disparará el Héroe de las Invasiones, el máximo ídolo de Buenos Aires. Esto mismo qué hice con el Virrey, Su Excelencia, lo hice con Castelli, ayer, y con Saavedra, cuando se retiraba hoy. Callate, impertinente, qué para insolente estoy yo, soltó con una gruesa carcajada el abogado; Con un empechón me tiró contra una pared, el Comandante. Nadie quiere, en Buenos Aires, oír nombrar el apellido de Liniers. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

-Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

-Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

-Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

-Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.
Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

-Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

-Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

-Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

-Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.
Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

Carraspeó sin ocultar la molestia que le causó la pregunta. Apenas le respondió algo al pasar del juego, a Caspe, y entre las penumbras de las velas que no le alcanzaban a iluminar el rostro, pude ver alguna contracción en el hombre. Todos sabemos que Liniers es la carta del triunfo del Virrey, pero no puede convocarlo. Nunca se sabe para donde disparará el Héroe de las Invasiones, el máximo ídolo de Buenos Aires. Esto mismo qué hice con el Virrey, Su Excelencia, lo hice con Castelli, ayer, y con Saavedra, cuando se retiraba hoy. Callate, impertinente, qué para insolente estoy yo, soltó con una gruesa carcajada el abogado; Con un empechón me tiró contra una pared, el Comandante. Nadie quiere, en Buenos Aires, oír nombrar el apellido de Liniers. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

-Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

-Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.
Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

-Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

-Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran. -Son fidedignos los comunicados que trajo el Mistleloe? Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.
Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

Por primera vez, el juego se detuvo, apenas un instante, y Su Excelencia, el Virrey, me echó una rápida mirada, para volver a coger de la baraja, un naipe. Lo observó, con una sonrisa que parecía más triste que toda la vida de un esclavo, me lo mostró: “El rey de basto”. -Una carta ganadora, Excelencia, Se estiró en el sillón, con un ademán sobrio, y cortés, pidió que me acerque. A pasos de sus piernas cruzadas, con su mano me invitó a sentarme. -El Rey de bastos, como el de copas, no tiene mucho valor en este juego, estimado jornalista. Pero son las cartas que tengo en mano para jugar, y aunque se viene tormenta para la semana, el ‘garrote’, sepa Ud, si se amenaza con usarse, vale más que toda la baraja de oro que tienen mis amigos aquí presentes.Las risas en la mesita remataron su particular visión de las cosas. -El Comandante Saavedra parece tener todas las de espada. Efectivamente las tiene, impertinente señor. Pero no las sabe usar. Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.
Se recostó en su sillón, llevó su mano a la comisura de sus labios, y con su dedo, señaló con fuerza su idea: -Pero no sabe usarlas. No, señor, el problema no es Saavedra y sus espadas. Ni los bastos, ni todo el oro, ni las copas de la baraja. Es el pueblo de Buenos Aires el as de la jornada. Pero eso, señor, ni siquiera con las mejores cartas en mano, se puede dilucidar en qué terminará la semana. Me habían dejado pasar tras las conversaciones que el guarda advirtió más que tensas. En horas de la tarde, pude ver como Saavedra abandonaba el Fuerte, con sus adláteres, con el sesgo fruncido, más que serio, firme, seco, y de pocas palabras: Comandante, qué sucedió, y cómo seguirán las cosas?. Le hemos advertido a Su Excelencia, el Virrey, ante sus protestas de lealtad, Que ‘ son muy diversas las épocas del 1º de enero de 1809 y la de mayo de 1810, en que nos hallamos. En aquella existía la España, aunque ya invadida por Napoleón; en ésta, toda ella, todas sus provincias y plazas están subyugadas por aquel conquistador, excepto solo Cádiz y la isla de León, como nos aseguran las gacetas que acaban de venir y V.E. en su proclama de ayer. ¿Y qué, señor? ¿Cádiz y la isla de León son España?. ¿Los derechos de la Corona de Castilla a que se incorporaron las Américas, han recaído en Cádiz y la isla de León, que son una parte de las provincias de Andalucía? No señor, no queremos seguir la suerte de la España, ni ser dominados por los franceses, hemos resuelto reasumir nuestros derechos y conservarnos por nosotros mismos. El que a V.E. dio autoridad para mandarnos ya no existe; de consiguiente usted tampoco la tiene ya, así que no cuente con las fuerzas de mi mando para sostenerse en ella’. Esto mismo sostuvieron todos mis compañeros. Con este desengaño, concluyó diciendo: “Pues señores, se hará el cabildo abierto que se solicita”. Y se hará, basta fijar la fecha, y adecuar a la vecindad para lo que vendrá. Cisneros me oía leyéndole la declaración del Comandante, para conocer su reacción. -Vericuetos de abogado. “¿No queremos seguir la suerte de la península?”. Eufemismo para ocultar sus relaciones con la Corte del Portugal y la princesa Carlota: Él, Castelli, y el doctorcillo Belgrano. Se creen que uno nació ayer, y mastica vidrio. He combatido a ingleses, a moros, y a franceses. No serán unos tertulianos de mate y asado de cuero los que batan a este marino, buen jornalista. En ese momento, dos personas irrumpieron en la sala, y me paré, sorprendido, tanto como los jugadores de la partida de naipes. Eran Castelli y Rodríguez. El primero se dirigió a Cisneros así: -Excelentísimo señor: tenemos el sentimiento de venir en comisión por el pueblo y el ejército, que están en armas, a intimar a V.E. la cesación en el mando del virreinato. Cisneros respondió:-¿Qué atrevimiento es éste? ¿Cómo se atropella así a la persona del Rey en su representante? Rodríguez lo detuvo advirtiéndole:-Señor: cinco minutos es el plazo que se nos ha dado para volver con la contestación, vea V.E. lo que hace. El rostro desencajado de Su Excelencia, el Virrey, mutó de la indignación a la total resignación. Caspe le llamó aparte. El Virrey del Plata, Héroe de Trafalgar, estaba vencido. -Señores, cuanto siento los males que van a venir sobre este pueblo de resultas de este paso; pero puesto que el pueblo no me quiere y el ejército me abandona, hagan ustedes lo que quieran.

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