Carlos Pistelli

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      II.SAN MARTÍN EN BUENOS AIRES El historiador, 

        El historiador montó en el primer colectivo a Buenos Aires. Dejó a Simoncito con Zoe, vistió las primeras ropas que agarró del placard, y se fue.

            Cuatro horas y media después, pisaba Retiro, ya de tarde noche, y caminó a pasos agigantados, cruzando plaza San Martín, y tomando Reconquista. Al llegar a Rivadavia, justo, encima, el enésimo cigarrillo se apagaba en sus labios. Un frío caló sus huesos, y, entonces, a su derecha, sintió la presencia del espectro, que brazos cruzados, le esperaba. Extendió su mano, que se volvió carne, y la estreché.

 Esa mano me recordó a mi abuelo, cuando le abrazaba diciéndole que lo amaba como a mi papá, y sentíamos el fantasma de mi viejo, orgulloso de vernos en ese menester. También sentí muchas manos juntas, en las de él. La de Simoncito cuando nació, la de Zoe cuando la conocí, la de Dana cuando la besé por primera vez. Sentí que en esa mano se condensaba la Patria que amo tanto.

Cogió su portafolio del suelo, y me ordenó acompañarle, sin decirme ni abrir su voz.

            Caminé dos o tres pasos detrás suyo, hasta que se detuvo, y con un ademán me indicó que me le pusiera al lado. Buenos Aires se escondía en la oscuridad de la noche, y, por un momento, me distraje, viendo un semáforo permitiéndonos cruzar, y al volver en sí, estábamos en un descampado. O eso me pareció.

– Ud. tiene poderes, para hacer esto.

            Sentí que se sonreía, sin mirarme, mientras buscaba interiorizarme en dónde estaba. Porque el lugar me sonaba conocido. Caminamos unos pasos en la noche, algo iluminada, hasta que se detuvo, señalándome con la palma de su mano derecha, el suelo en particular. Miré a todos lados, percatándome, y le dije:

– San Lorenzo.

            Y volvió a señalarme el suelo.

– San Lorenzo, ahí en donde Usted cayó, y le salvaron sus hombres.

            Sentí que volvía a sonreírse.

– Por poco no cuenta el cuento, por hacerse el héroe.

            Se golpeó fuerte el pecho,  una vez, un descanso, y otra vez.

– Lo que Ud. quiera, poniéndole el pecho a las balas, pero de haber muerto Ud. aquí, Argentina no sería libre.

            Sin  mirarme, siempre a su espalda, cerró el puño, y con el índice extendido, alcancé a pensar qué me decía.

– Argentina trasciende a sus hombres, puede ser que Ud. tenga razón. Pero no se concibe Patria si su Padre moría aquí.

            Se agachó para tomar tierra del suelo, y respirar hondo al volver a erguirse. La Luna mandaba en la noche estrellada, y miraba a San Martín, y al Historiador.

– Ud. es el Alma de la Patria, que recorre en pena los recovecos de la América, dándonos a entender que algo no hicimos bien, que no atinamos a terminar, lo que Ud. tampoco se atrevió.

            Impávido a mis palabras, permaneció.

            Volvió a respirar en hondo, y, como de pronto, sentí que la noche se hacía día, y un relincho nos sacaba de la quietud. Miré sin mirar, y, como de pronto, él ya no estaba. Al menos, ya no estaba allí conmigo.

       Frente a mí, a unas cuadras de distancia, avanzaba una columna, desplegando pabellón. Me retiré unos cuantos pasos, y el griterío a mi espalda me advirtió que la lucha estaba al iniciar. El San Martín en carne y hueso, el de 1813, sable corvo en mano, encabezaba al galope, primero, y luego a velocidad de combate, a sus hombres a la batalla.

            El enemigo no atinó a formar cuadros ni a sus fusileros.

            El choque de acero y caballos describió en sonido lo que estaba por pasar. Di unos pasos al trote, para adelantarme a lo que iba a pasar. Bermúdez, retrasado, me seguía, hasta pasarme y enfrascarse en dura lucha.

            Me perdí entre el fragor, hasta que lo vi. Recién sacado de debajo del caballo, mientras sus hombres le ayudaban a mantenerse en pie, y auxiliaban a un soldado tirado en sangre. Daba nuevamente órdenes y volvió al combate. El enemigo era corrido hasta las barrancas. Caminé en controlada lentitud, envuelto en polvareda que se volvía como niebla, haciendo de mí caminar un teatral episodio, convirtiéndome en el espectro testigo del combate a orillas del Paraná.

SAN

Caminé para finalmente, ponerme a su lado.

            Me miró, apenas me miró. Juntos observamos el final de la faena.

            San Martín acababa de vencer en San Lorenzo.

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