Carlos Pistelli

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II. Pacto Federal y fracaso de Estanislao López.

1830 fue un año movido que tuvo al eje central Santa Fe – Córdoba, y al eje rioplatense Buenos Aires – Montevideo, más que ajetrados.

Estamos hablando del general Paz, Estanislao López, Juan Manuel de Rosas y Fructuoso Rivera, nada menos.

https://carlospistelli.com/2017/01/01/i-pacto-federal-prolegomenos/

los tres

LÓPEZ-ROSAS-QUIROGA.

Pacto Federal.

El 4 de enero de 1831, dignatarios de la local Santa Fe, Buenos Aires y el recién llegado de Entre Ríos firman un Pacto ofensivo-defensivo que será clave hasta 1853.

Pacto constitutivo de la Confederación; Pacto que los constitucionales del Federalismo utilizaron como hojaresca para convocar a Congreso y que Rosas usó para mandar en el páis. No se pondrían de acuerdo hasta la derrota nacional de Caseros;
https://carlospistelli.com/2014/01/04/pacto-federal-acta-fundacional-de-la-argentinidad/

1830-1831.

Desde 1830 los ejes estiran hasta una imposible elasticidad la región. Corrientes jugaba su papel aislada; el resto del páis sigue a Córdoba, como siempre. Apenas un año se mantiene poderoso Paz (junio ’30-mayo ’31) y en pocos meses más todo volverá a ser rojo federal.

En todo ese 1830 los gobernadores y caudillos depuestos por Paz se refugian entre Santa Fe y Buenos Aires. Ibarra, santiagueño, y Bustos, cordobés, que a poco fallece, matean con López, Echagüe y especialmente con el gallego Cullen. Pedro Ferré, correntino, anda de su ciudad a Santa Fe y a Buenos Aires. En la capital del Plata, truquean Rosas y Facundo.

La suerte y el destino de la República tiene distintas esperanzas. Paz lo espera todo de su inmenso talento militar y ayuda que pueda venir de Montevideo o de Bolivia; Para los del Litoral, era fundamental que López y Rosas se pusieran de acuerdo. Un tire y afloje entre los viejos amigos, donde el Mudo de Santa Fe entretiene al Charlatán de Cerrillos. Rosas tiene la carta de Quiroga, convencido de los planes nacionales del Restaurador. ¿López? La fortuna de sus éxitos militares y apretar sin ahogar, para ganar tiempo a futuro.

Cuando voleado Paz y López triunfal en Córdoba, el panorama pintaba federal. Si era rojo constitucional o rojo punzó se decidirá en lo venidero.

La jugada de Don Estanislao.

Amo de los destinos santafesinos y con influencia decisiva en Entre Ríos, el Caudillo Santafesino se encuentra en la cumbre de su carrera política. Ha nombrado en la docta a los Reinafé, caudillos distritales a los que hace dueños de la provincia. El saladino Ibarra le responde, al menos nominalmente, y le da seguridades sobre la actitud del salteño Latorre. Ferré, siempre autonómico, también le sigue. Y era General en Jefe de los ejércitos de la República, aunque los triunfos los viniera conquistando Facundo.

En el invierno de 1831, López toma una decisión controversial. Licencia sus tropas y envía a Quiroga sobre Lamadrid, jefe unitario refugiado en Tucumán: Sin auxilios y dejándolo a la buena de Dios. Facundo, maestro de las guerras, derrota al impetuoso Lamadrid. Y le renuncia a López con una altivez acorde a su personalidad.

En ese momento la Comisión Representativa delibera con sujetos que responden al tandem Cullen-Leiva, detrás de los planes santafesinos.
Rosas les desconfía sin disimulo. En Rosario, han llegado a un acuerdo con López, que no pareció quedar conforme. Le escribe a Facundo que le manda la carta al Restaurador. Esa decisión puso punto final al plan de López.

López jugó mal su partida, sin lograr romper la alianza Quiroga-Rosas. ¿Pero tenía asidero el plan de don Estanislao?.

Si López pensaba organizar la República mediante una Constitución, acordada con los caudillos que fueron recuperando sus cargos, era una idea-plan que podía ejecutarse, aún con la resistencia de Rosas, y el fastidio personal de Quiroga por cuestiones ajenas al plan: El tema del caballo moro, no es menor. Pero López no jugó con los caudillos; Lo hizo con esos doctorcillos de la Comisión que valían lo que valían sus títulos universitarios, más que nada.

Molesto Quiroga por lo del ‘moro’, la pérdida de su influencia en Córdoba a manos de los Reinafé, y esa entrega que se le hizo para con Lamadrid, de la que resultó triunfante, no quería saber nada de Don Estanislao. Éste a su vez había mostrado desagrado sobre las actitudes de Quiroga en cartas a Rosas. Y luego, mostró recelos sobre Rosas en carta a Facundo. Lo hizo directamente, sin personeros, sin medir las consecuencias. Es posible que fallecido Bustos, quien podría haberle hecho ‘la cabeza’ al riojano, no tuviera un interlocutor válido para convencerle. Pudo ser Ibarra, a quien no aprovechó. Lo dejó reducido a su papel de caudillo santiagueño. Tampoco hay que agrandar lugartenientes. Jugó todo su prestigio a su capacidad y talento, guardando poca prudencia, un truco en donde no tenías todas las de ganar, pero tenía cartas importantes en la baraja.

No sedujo a Facundo, a quien no estimaba, pero no supo endulzar tampoco. Rosas estaba incólume pero no era el todo poderoso de años posteriores. La legislatura bonaerense era contraria a Don Juan Manuel por dorreguista, pero, porteña al fin, le siguió el juego. Tampoco los sedujo. Ni a Balcarce, el incendiador de Rosario, ni a Martínez, futuras cabezas de los ‘lomos negros’, a quienes tuvo de comensales varias semanas sin adelantarles sus propósitos. No puso todas las cartas sobre la mesa, cuando pudo, y se guardó el ancho esperando otra oportunidad. Ferré se lo reprochará agriamente en sus Memorias. ¿Qué pasó, más allá del genio rosista para hacerlo enredar y caer?.

López no era un caudillo de la envergadura de Artigas o Urquiza para confrontar con Buenos Aires. Esos que se imponen por el peso de sus capacidades, y negocian con el triunfo sobre la mesa. No arriaba generales a la que vendrá, como hicieron Artigas y Urquiza. Tenía otro estilo. Contemporizador, y demasiado apegado a su ‘santafesinismo’, a sus glorias, no grandes, pero no menores, de sus triunfos militares. Para establecer la ‘Confederación Lopecista’, debió jugar hasta el límite de la prudencia directamente con los caudillos que iban surgiendo tras el ’31, sin enojar a Facundo, amo del cordón cordillerano, ni a Rosas, fuerte pero impotente más allá del Arroyo del Medio (en 1831). Pero no lo hizo. No sabía como. Los del Litoral siempre tuvieron problemas para ver lo ‘nacional’ más allá de Córdoba. Facundo no necesitaba hacer pie en el Litoral, le bastaba negociar directamente con Rosas. Y éste, con Facundo como satélite, acogotaba a los del Litoral con el manejo de los ríos, y luego los tenía comiendo de la mano.

En el ’30, Paz le abrió comunicaciones a Santa Fe. López no entró en esos enjuagues. No porque le disgustara. Es que no confiaba en Paz, pues sus caracteres y sus viejas militancias, aún sus trayectorias personales, eran contrarias. Si en vez de Paz, ah, amalaya!, historia contrafáctica te invoco, otro hubiera sido, pero tampoco. Cuando en el ’28 Dorrego y Bustos rompen por el mismo dilema, López guardó prudencial distancia y se recostó en Buenos Aires, aún cuando Bustos se le insinuó, pero sin la precisión de la empresa.

“La jugada constitucional” de López falló porque no dio en la tecla. Pero aún así, jugó mal por apresurado y poco diplomático.

En el primer semestre del ’32 permitió a los miembros de la Comisión jugar su partido, sin mostrar los hilos. Rosas los advirtió antes de que los mismos se produjeran, y Quiroga se recostó de sobremanera en el Restaurador. Le dio a Rosas el pretexto para hundir la Comisión, cuando pudo hacerla estirar un tiempo.

La Comisión tenía un mandato limitado hasta que se consiguiera la “paz en la República” y entonces llamar a Congreso General Constituyente. No estaban dadas las condiciones, como bien expresó Rosas, para un Congreso General: Cantinela que reproduciría 20 años más. Pero tampoco había ‘la paz’ para finalizar sus reuniones. Ni siquiera se había terminado de constituir por representantes de todo el país, pues provincias iban delegando en un solo comisionado, varias representaciones a la vez. Los caudillos adherían al Pacto como instrumento de constituir la Confederación; López no jugo esa carta, aceleró la otra. Y sin Quiroga, ya malquistado del todo, la experiencia no duró ni dos meses más.

Hasta agosto del ’31, cuando era vivado en Córdoba, había hecho bien su juego. Cometió un tremendo error, un error que nunca se expresó como lo hacen estas líneas: No marchar sobre Lamadrid, General en Jefe del Federalismo, dejando de segundón a Facundo, y absorto en Pavón a Rosas. No avanzó. Un Comandante en Jefe, en un mundo como el nuestro, que delega en su principal escollo, el destino final de los triunfos militares del Federalismo. Se volvió a Santa Fe, a negociar mano a mano con Rosas, dejando crecer a Facundo, confiando que le bastaba su ‘gigantesca figura’ (socarrona frase riojana) para doblegar a Rosas. El Rosas que negociaba con López en el ’20, en los años posteriores de amistad, el que le debía el gobierno del ’29. No había aprendido nada del triunfo en Puente Márquez donde no pudo negociar con Lavalle y dejó hacer, y crecer, a Rosas. Lo dice Ferré, el mejor que lo ha entendido “Tenía un gran sentido de su valer y me repetía que le bastaba la presencia de sus lanceros del Sauce para imponer condiciones (lo que es verdad) pero cuando le reprochaba sus actitudes con Rosas, me respondía: yo sé que el Hombre nos pierde pero no sé que extraña sugestión tiene sobre mí, que cuando habla, me convence“.

López no supo encarnar un papel que le cupó a Artigas y luego a Urquiza. Pero, digamos todo, enfrente estaba el Restaurador. Y con ‘esa bestia’ enfrente, quien pudiera…

1 comentario

  1. Buena nota

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