Carlos Pistelli

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II. Antinomias de un páis.-

“El clásico de los clásicos”.

  En su segunda ida a Europa tras su ‘brillante’ ministerio bonaerense, Don Bernardino fue a encontrarse, sin proponérselo, con el personaje americano más buscado entonces: El Protector de las Libertades del Perú. La cosa no podía terminar pior: San Martín sacado incitándolo a pelear arafue, y mandándole sus padrinos para batirse a duelo. Eran dos síntesis, hasta en cuestiones y modos personales, de entender al páis.

https://carlospistelli.com/2017/01/22/i-antinomias-de-un-pais/

 

RIVADAVIA.  

  Don Bernardino era porteño del 1780. Hijo de primos hermanos, eso lo explica todo. 

 Tenía el don de figurar en donde no lo llamasen y la perseverancia de los que se saben “válidos” nublando posibles sombras. Trabaja, al menos en lo que él consideraba ‘trabajar’, con ahínco, supliendo con esfuerzo su carencia de talento y tacto, pues dejó la escuela a medio andar. Pelea con valentía en las invasiones, se casa con la hija de un ex virrey, y cercano al Virrey Popular, casi cae Liniérs por sostenerlo en un cargo importante para el Cabildo, hechura de Álzaga.

 Y Álzaga pagó caro en 1812 su despropósito cuando Rivadavia le mandó colgar sin pruebas contundentes que acreditasen la sentencia. .

 “Rosas detesta a los unitarios –dice Gálvez- porque son solemnes y afectados, se expresan presuntuosamente y hablan de doctrinas políticas y filosóficas y de escritores extranjeros. Mientras él ve el mundo desde la tierra, desde la campaña argentina; ellos lo ven desde los libros, pensando en imitar a Europa. Rosas cree que esos hombres, desarraigados espiritualmente, hombres de salones o de bufetes, que sienten como extranjeros, son funestos”. “El federalismo –continúa dicho autor- representa entre nosotros el sentido de la realidad, la política vital, la adaptación del gobierno a nuestra idiosincrasia. El unitarismo representa, en cambio, lo ficticio, lo doctrinario”.

 Por eso el ministro Julián de Agüero, pontífice del unitarismo, hubo de confesar que la única forma de hacer triunfar tales ideas sobre el pueblo criollo, era imponiendo la unidad a palos.

 Rivadavia, aristócrata y enemigo de la plebe, gobierna para la clase dirigente, impone su reforma anticlerical, suprime conventos, se incauta de los bienes eclesiásticos, hiriendo de este modo el sentimiento religioso de la población. Insensible a nuestras realidades, pretende implantar en Buenos Aires, lo que ha visto en Europa. La logia, desde 1821 hasta 1830, fue la expresión de la burguesía pudiente e ilustrada porteña, liberal y anglófila, cuya cabeza pensante era Agüero. Desde 1810 todo se había hecho en nombre del pueblo, pero el pueblo nunca había contado para nada.

 El historiador Vicente Fidel López, hijo de Vicente López y Planes dice que: “toda la obra de Rivadavia carece completamente de iniciativa original y propia, pues no pasa de ser una copia de las reformas realizadas en España por el ministro (masón) Floridablanca”. Lo llama luego: “Espíritu visionario e infatuado, que tronchó el lisonjero desarrollo con que el país marchaba, aplastando los gérmenes benéficos con el peso desgraciado de su influjo”. Fue, en toda su vida, un déspota ilustrado que pretendió borbonizar a la República.

 “Quiso echárselas de pontífice –dice Juan Bautista Alberdi- y se olvidó que era un laico. Quiso ser el gran organizador de la República y organizó el desquicio de su gobierno. Mejoró la superficie pero empeoró el fondo”. “El ansia de conservarse en el poder –ha dicho Bartolomé Mitre, su hijo espiritual, sucesor suyo a su muerte en la jefatura del liberalismo argentino- comprometió el honor nacional”.

DEL EXCELENTE BLOG: http://www.revisionistas.com.ar/?p=3925.

 El liberalismo económico de Rivadavia, que no el “político”, repite los groseros errores de la Convención 1789-1792, y copia, casi que textualmente, los artículos del gobierno liberal español contra Napoleón.

 Rivadavia se hace vocero de una red social, que siempre ve en Gran Bretaña y en el contrabando, sus costumbres, pero todavía no es su Jefe. Por eso libera de trabas las importaciones, que tan caras van a costar al interior y al litoral. Pero aún así la vigencia del Modelo Rivadaviano, se ve entorpecida por losavatares de la Guerra Emancipadora. Si don Bernardino, o patriota o cipayo, Ud sabrá ubicarlo; Jugó a sostener los derechos de Fernando VII, a la espera de los aconteceres europeos, sin querer ofender, ni mucho menos, a Lord Strangford. Ese centralismo administrativo asfixiante, no tenía mayores repercusiones que las manzanas que rodeaban la Plaza Mayor. Porque el pueblo, ese pueblo que terminará conformando la nacionalidad, iba por un lado, mientras Rivadavia iba por otro.

 No era Rivadavia, en esta, su primera infeliz experiencia, y con apenas 31 años, el más dotado para terminar de conformar ese cipayismo que definiría a la élite porteña. Eso no los hace más buenos a los provincianos. Las manzanas que rodean la Plaza Mayor, y que pagaban bastante muchas de las empresas libertadoras, espera sordamente, mientras se desangraban los pueblos, que todo termine de una vez, para empezar lo que siempre les importó, de anserio.

 https://carlospistelli.com/2017/08/25/rivadavia-esa-ilustrisima-mierda/.

SAN MARTÍN.  

 Quien depone a Rivadavia, aunque ya éste había perdido el poder de antaño, es el propio San Martín, el 8 de octubre de 1812. Que confirma el vuelco de la Revolución tras el triunfazo de Belgrano en Tucumán el 2409.

 Tenebrosas telarañas rodean misteriosamente la vida joven del Liberador de Pueblos, dando pie a todo tipo de argumentaciones, tesis, adherencias y paneles de televisión chimentera. San Martín es todo lo contrario a Rivadavia. Todo. Aquel es pedante y sobrador, cancherito; éste es arrogante, mirada firme y penetrante, discharachero. No le faltaba coraje a ambos a empuñar las armas, pero el burócrata era de sentarse a ocupar cargos cómodos y el militar era de ponerle el pecho a las balas y no son pocas la veces que pudo caer en combate. Rivadavia, rencoroso, y cruel, ejecuta a quien le hace sombras. San Martín, no ajeno al Orden como premisa, supo decir que a él se le cayó el palo de la mano cuando tuvo que reprimir a quienes se lo merecían. La indignidad de uno chocaba con la honorabilidad del otro.

 López y Planes, el autor del Himno, cercano a San Martín, le escribirá alguna vez: Entre 1810 y 1821 prevaleció la Revolución; Entre 1821-27, la Contrarrevolución. Fíjense Uds donde tuvo uno y otro crucial rol. En 1821-2 los dos quedan frente a frente, mano a manos hemos quedado. Y de la suerte de ese conflicto, los problemas que acarrearán lo que vendrá.

A Guayaquil de brazos caídos.  

  Rivadavia ha vuelto a Buenos Aires, donde ocupa el ministerio de gobierno, casi al mismo tiempo en que San Martín entra a Lima.

 San Martín obró con prudencia, tacto y políticamente brillante en su paso por el Protectorado, pero llegaba al cargo enclenque y necesitado de apoyos. Esos apoyos debían dárselo Chile, las Provincias Unidas o Bolívar. Chile ya le había dado un Ejército y una Escuadra, y Bolívar le escatimaba haciéndose el sordo. Y Buenos Aires, adónde dirigió sus miradas, le boicoteó el plan final de liberación.

 El Jefe de la Confederación del Género Humano, como llamó a la Revolución dejará su obra inconclusa. Especialmente producto del aislamiento porteño, que tenía sus lógicas también. Habían confrontado dos modos de sentir la Patria: El Héroe de la americaneidad y el lustrabotas del porteñaje. No había conciliación posible entre ambos.

 La estrella de San Martín se apagó paulatinamente de los registros históricos mientras crecía vertiginosamente la de don Bernardino. Rivadavia era un hombre más adecuado para el Régimen falaz y descreído que conduce el páis desde Pavón. Cuando el Pueblo volvió al gobierno y las plumas historiográficas se acordaron que nuestro Páis es una Nación, el Libertador volvió a ocupar un sitial que nunca debió dejar. Pero ya era tarde.

 Nuestro páis es más hijo de Rivadavia que de San Martín. Aunque la Patria que uno sueña, la Nación que querramos realizar, se parezca al Libertador nacido en Yapeyú. Ése siempre será el deber de la Hora del Pueblo Argentino: Volver al Libertador. 

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