Carlos Pistelli

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El Radicalismo. El MOTE que se volviera bandera.-

 El periódico “El Argentino”, cívico, publica el 5 de junio de 1891: “Es necesario llamarse de otro modo, porque radicalismo es un calificativo impopular y el que consiga arrojarlo al enemigo, lleva una buena ventaja en la jornada”.

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    El autor de la nota era Joaquín Castellanos, ‘el rengo genial’, hombre de Leandro Alem. ¿El motivo?. Las inconductas que se estaban viviendo en el ‘movimiento reaccionario’.

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   Usted sabe que desde 1889 (y no, no les estoy hablando del también nacido en 1889 Rosario Central), una agrupación cívica mandada por Alem anda haciendo de las suyas por la Patria: Convertida en Unión Cívica; la Revolución en el Parque de fines de julio del ’90; la renuncia posterior del Presidente Juárez Celman; la organización partidaria definitiva de enero de 1891; la fórmula presidencial Mitre – Bernardo de Irigoyen. En marzo de ese larguísimo 1891, pasó de todo: En primer lugar, el general Roca, en el ministerio del interior, “la cartera política”, levantó el estado de sitio vigente. Estado de sitio fruto de una “revolución en ciernes” que los cívicos parecía estaban dispuestos a concretar en cualquier momento. Levantadas las restricciones constitucionales, Alem y Del Valle ganaron sendas bancas al Senado por la ciudad de Buenos Aires. Todo estaba encaminado.

    Mitre vuelve al “páis”: El Pueblo lo aclama hasta el delirio. Su diario publica entonces:   Solución nacional para evitar la lucha, o reivindicación de la libertad del sufragio si ella era negada. Mitre saluda a la concurrencia desde la azotea de su famosa casa de calle Florida, hoy museo. Cuando baja a la casa, se encuentra a Roca: ¡El mismísimo Zorro!.  Días después le devuelve la visita en el ministerio. Roca lleva la conversación hacia la ‘unión nacional’. A a don Bartolo se le escapa, “Tal vez no sea  el doctor Irigoyen el mejor vicepresidente si queremos evitar la lucha”. Roca, ni lerdo ni perezoso, le ofrece el apoyo de su partido, sin pedir cargos ni candidaturas. Mitre, se emociona, y lo abraza. Es el acuerdo.

            Pero no era el acuerdo lo que se buscaba.

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De populares y reaccionarios,

 Derrotada la Revolución del Parque, la juventud cívica organiza un acto desagraviando a Leandro Alem. Éste pronuncia:

“Es necesario no olvidar que la parte principal de la acción corresponde al pueblo. La Unión Cívica debe ser continuada con la misma actividad y energía del presente, porque el rayo de luz espiritual que el Creador ha impreso sobre nuestras frentes como nación nos impone sagrados y altos deberes en todas las esferas de la vida. Una moral propia. Nuestra política debe ser un certamen de honor y competencia. El puesto que nos está señalado en la marcha del mundo, la retempladora melancolía que produce la conciencia del deber cumplido en su más alto concepto”.

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   Alem repetirá conceptos en actos subsiguientes: “Nuestra lucha no es contra un hombre ni contra un grupo de hombres: Es contra todo un sistema, toda una época”. Y sus jóvenes, lo entendían así.

    Y hablará de una idea que hoy generaría rechazo: “El movimiento de la reacción”, “el movimiento reaccionario”. Porque Alem está apelando a la fibra patriótica de sus hombres, y pretende inundarlos de hondo ardor libertario. Está buscando, que su gente reaccione, porque los mandones que gobiernan, no quieren prestarle atención a eso que se llama el bienestar general, de eso que se habla en el preámbulo constitucional, tan caro a los afectos alemnistas.

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Radicales,

            Sorpresivamente, no se asuste compañero, no somos los únicos radicales por América y el mundo.

 Sin ir más lejos, existía en Chile desde décadas un partido radical que reivindicaba ciertas cosas originadas en una expresión de un líder inglés llamado Charles Fox: quería el sufragio universal masculino. Se lo llamó ‘radical’ por exagerado, por pedir demasiado. Fox quedó a la izquierda de la política británica, sumó algunos escaños en el Parlamento, pero su partido se esfumó en la historia.

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   Todos estos radicalismos que se fueron organizando planteaban masomeno lo mesmo: sufragio universal; estado laico; autonomías municipales; cumplimiento estricto de la división de poderes; un mejoramiento sustancial en las condiciones de los trabajadores. Reunidos alredor de un líder magnético, cansado de las triquiñuelas de una élite oligárquica, el funcionamiento republicano, era la tarea institucional a llevar a cabo.

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Los cívicos,

     Aristóbulo Del Valle, un hombre al que los radicales le debemos un reconocimiento digno, quedó impactado de un libro: “La América Organizada”(1), de James Byrne o Brice. En el mismo se describía la organización de los partidos en Estados Unidos. Con Convenciones Nacionales, Comités disciplinarios, elecciones internas, autoridades con mandatos limitados. Realmente impactó a Del Valle el libro. Tanto, que en enero de 1891, lo puso en práctica en Rosario. Nuestro partido, le debe a Aristóbulo, la base orgánica de su constitución formal. Poco ha cambiado desde aquellos días gloriosos.

  Del Valle fue un gran organizador, un gran estadista, un parlamentario brillante. En un país como el nuestro, eso solo no alcanza. Lo que le faltaba lo tenía su amigo de toda la vida. Leandro era caudillo, popular, corajudo, moral y justiciero, libertario. No tenía tacto, aunque sería bueno definir eso ‘de tacto’. Algunos cívicos eminentes se suman al gobierno del Presidente Pellegrini, y Alem se los reprocha: Hubo discusiones públicas, periodísticas, renuncias al novel partido.
(1) Oiga, usted, so burro: estoy podrido de andar cuidándolo como a un chico, ¿qué joraca es eso de “quedó impactado de un libro: ‘La América Organizada’, de James Byrne o Brice”? Es James Bryce, un político whig irlandés que fue tildado de “radical” (en el sentido de lo que acá llamaríamos un “extremista”). Visitó varias veces Yanquilandia y fue embajador británico allí durante muchos años, y escribió un libro muy famoso: “The American Commonwealth”, que en el mundo hispanoamericano se tradujo como “La República Norteamericana”. Supongo que debe ser ese el broli que tanto le gustó al gordo chantapufi de Aristóbulo. Corrija eso que escribió, quiere, antes de que alguien se dé cuenta (bah, “alguien”… algún peronista, quiero decir; porque lo que es sus correligionarios esos no se dan cuenta de nada, si ni le pueden ver el culo a un desnudo). No hay caso… tengo que andar en todo, en la procesión, en la misa, tocar el órgano y cantar los salmos… (JCS)
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   La Unión Cívica arrastraba cuestiones pendientes con respecto al funcionamiento partidario, y a cómo debían actuar quiénes se denominaban cívicos. Y si a eso agregamos la lógica lucha por ganar las elecciones, algo no cerraba en la joven agrupación.

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Mitre,

 Y no cerraba, porque lo tenían al General Mitre de referente.

¿Hacerme mitrista a esta altura, Aristóbulo?, le dijo Hipólito a su maestro político en 1890, Es como hacerme brasilero.

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            Mitre encarnaba para los sectores populares la mala palabra. Pero en Buenos Aires, siempre fue la luminaria citadina. Maestro de políticos de distintas generaciones, militar y multifacético en muchas disciplinas, consagrado historiador y periodista. Había que tener una espalda importante, para meterse con Don Bartolus.

    En 1856, escribió un artículo, a sus jóvenes 35 años, extraordinario. Es su primer artículo como historiador, aunque lo hace como periodista político. Dice masomeno así:

ucrdorada.blogspot.com

UCR DORADA

continuará…

 

 

 

 

 

 

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