Carlos Pistelli

Blog debate de Historia Nacional, SUSCRÍBASE YA

III- El Golpe del 4 de Junio 1943. Entelequias conservadoras.-

 Los argentinos que se sientan como tales, deben saber que vivimos como bígamos. 

 ¡A la miércoles, Pistelli, con qué te estás dando hoy!
 Desde el origen mismo de lo que conocemos como Patria Grande, y las luchas por la Independencia, se fue desenvolviendo un problema sustancial del ser nacional: ¿Existe, o no, el denominado ser nacional? 
 Desde sus orígenes, reitero, convivió una doble conciencia entre los hombres y mujeres que lucharon por la Patria: Liberarla para conquistar la Soberanía; Y, cuidadito, qué parece que el Puerto viene a reemplazar a España. Los caudillos del Federalismo, héroes la mayoría de la guerra emancipadora, se enfrentaron a Buenos Aires en defensa de las prerrogativas comunales. Fueron conservadores por sostener los primitivos derechos de Gobierno contra el intervencionismo portuario. Un intervencionismo portuario referenciado principalmente en Rivadavia, el liberalismo progresista del Plata. 

https://carlospistelli.com/2019/06/16/ii-el-golpe-del-4-de-junio-de-1943-el-larguisimo-1942/

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 Ahora, todo bien con esta seudo síntesis histórica, pero a qué viene con las notas del golpe a Castillo… 

 Fíjese Ud., estimado lector, lectora, que rareza he de contarles. El fútbol argentino, pasión de multitudes, fue cosa de porteños y aledaños (platenses y rosarinos) hasta finales de los años ’60. Los campeonatos argentinos no contaban con el resto del páis, entre ellos la enorme provincial de Córdoba; Ni hablar Mendoza, Tucumán, Salta, Entre Ríos. Eso fue generando algo que perdura entre los hinchas de fútbol: Gente que es hincha de dos cuadros con la misma pasión. Su equipo de la ciudad, y alguno denominado de los grandes de Buenos Aires. Ahora bien, cuando se enfrentan los equipos de sus amores, el hincha proclama guerra a los porteños, y se esmera en defender al de su terruño. 

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 ¿Y? ¿Castillo, el Golpe, el GOU?

 Esa bigamia ciudadana es todo un tema que los autores soslayan porque siempre se piensa el país desde el Puerto. Y cuando se la piensa desde los terruños provinciales, perdemos, pareciera, la dimensión de lo nacional. Como si el Puerto, por cabeza del páis, fuera jefa de la Nación; Y las provincias, más separadas entre sí, que otra cosa, porque la Confederación nunca funcó, se resisten a aceptarlo. Es el drama argentino. Al menos uno de los dramas argentinos. Un páis federal que nunca lo fue, y una Nación unitaria inaceptable para el gusto provincial. Navegamos en esa desidia indecisa. Y en donde se impone el que la tiene más grande. Las provincias, al no ponerse de acuerdo, sucumbieron a Buenos Aires. 

 Rosas en el gobierno los hizo comer a todos en la misma mesa, con la cantinela de salvajes unitarios como prenda de Unión; Pactan con Urquiza en San Nicolás y Buenos Aires rompe con los ranchos del interior. Mano a mano hemos quedado. Nunca tan clara la Historia como en esos años (1854-1861) El Castellano no se atrevió a cumplir su mandato histórico y se resignó a ser un comensal de la mesa mandada por el Puerto. Y el Puerto se decidió a arrasar con todo y a hacer la Unión Nacional en Estado Unificado, cueste lo que cueste, muera quien muera. La guerra al Paraguay consolidó esa idea-sentimiento, y los pueblos que vivaban al federalismo pasaron a la Historia: Quedaban sus Jefes, sus referentes, que se acoplaron a la situación del formalismo del estado, esperando mejores tiempos. Hicieron en las provincias a destajo, manteniéndolas lejos de ese faro de seudoprogresismo que emana Buenos Aires. Cada provincia es un mundo, y con lo que sobra de tiempo contribuimos a lo nacional. El Puerto, sospechosamente el Puerto, tan extranjerizante, tan adelantado a los pasos del tiempo, se quedó con la entelequia de la Nación. Le quedó la organización nacional en Estado, medrando porotos con las oligarquías provinciales, que le cedían cargos, diputaciones, gobiernos, gobernadores, pero nada más. Se llevó a cabo una nacionalización en Estado a la fuerza, centralizada, y al que no le guste, el cementerio es buen camino. Pero eso no era una nacionalidad. Era una colonia mercantil organizada.
 Así los tantos, La oligarquía porteña (con sus internas) quedaba enfrentada a las élites provinciales, que a veces son elitistas, a veces oligarcas, y a veces aristócratas, casi siempre federalistas. Un combo de todo. Hasta que llegó el argentino del mes de Julio. 

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Roca.- 

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   Como referente ineludible del país de adentro, pero formado en el Ejército Nacional, el General Julio Argentino Roca confrontó contra el Puerto  en la Guerra de 1880, lo derrotó, asumió la Presidencia, y a otra cosa. Alem, el futuro caudillo, el romántico de los arrabales, lo dirá despechado: Una oligarquía porteña ha dado paso a una oligarquía nacional. Roca es la simbiosis. A partir de 1880, la Generación que le da nombres establece las bases de la nacionalidad con el Estado como motor inconducente.
  Pero hete aquí un dato que Ud. debe haber notado y que sospechosamente omití aclarar. La oligarquía porteña derrotada en 1880 era algo más que una simple oligarquía portuaria: Era la provincia. Que Roca descabezó de un plumazo, sacándole toda autonomía y para convertirla en una entelequia institucional insufrible, manoseada hasta el hartazgo. Roca vengó en el ’80, décadas de afrenta y les devolvió un rol a las provincias que nunca habían tenido. Ni con Urquiza. Las manejó con el telégrafo, y si existía un llamado Partido Autonomista Nacional, era para guardar un formalismo innecesario. La política era el Gobierno Central, y guay del que se corriera un cachito. Llegó la inmigración a mansalva, se pobló la tierra argentina, y todos felices. El Estado alcanzó la burocratización necesitada, condicionó a los demás poderes, inclusive Roca se atrevió a romper con el Vaticano, y el Estado Argentino marchó al porvenir. Pero eso no era una nacionalidad. Era una colonia mercantil y agropecuaria organizada.

CASTILLO-ROCA,MITRE-CASA DE YRIGOYEN EL 6 DE SEPTIEMBRE DE 1930.
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Yrigoyen. 

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  En ese marco funesto, falaz y descreído, vino a surgir Hipólito Yrigoyen, caudillo del Radicalismo. Se encontró con un partido en movimiento, aporteñado y moral, fundado por su tío, para convertirlo en un Movimiento de Masas capaz de llevarse el mundo por delante. Sentó sus bases en la provincia descabezada y a poco llevó su prédica en sigilo y constancia. Hizo del Radicalismo, un partido llamado a perderse en la insustancia y cuatro bancas con cincuenta en el Congreso, La Nación misma en busca de su destino. El Radicalismo (Yrigoyenista) nacionalizó la política y argentinizó al Pueblo. Mayor obra, no le cabe al Peludo de Calle Brasil, el mayor demócrata de la Historia Argentina (mojón de oreja para los seguidores del Caudillo nacido en Lobos) 

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 Y entonces, los conservadores que habían fundado en el roquismo su existencia, contra los males que sonaban desde el Puerto, se encontraron irresolutos. Roque S. Peña les había dado a los yrigoyenistas esa arma de la chusma que es el voto y estos se disponían a usarlo en pos de arribar al poder político. Cuanto mucho los dejarían administrar los asuntos del Estado, y poco más. Mas de pronto supieron que los yrigoyenistas, así de negros y guarangos como eran, iban por algo más. Iban por redimir a la Nación oprimida. 

  Como de pronto, sonó el clarín. El conservadurismo, que como partido era otra entelequia al son de Roca o de quien manejara el telégrafo nacional, volvió a sus fuentes: Volvió al provincialismo. A la defensa irreductible de esa cultura del terruño que Yrigoyen con su hez y su demagogia venía a soterrar. Y resistieron cuanto pudieron, infiltrando, a veces, al Partido Nacional, que se dividía entre nacionales en movimiento (Con Yrigoyen) y provinciales con partido (como serían todos los futuros antipersonalistas, gobernadores o caudillos populares con voto mayoritario) 
 Otra vez las provincias contra la Nación administrada por el Estado. 
 Bastó que Alvear, el más aristócrata de los argentinos, le abriera el chorro a algunos opuestos al Caudillo en su gobierno, pa’ que las cosas se tensaran hasta romperse. Las provincias eran gobernadas por opuestos a Yrigoyen, menos la provincia descabezada. Y todo se manejaba desde el ministerio del interior, en donde Marcelo ponía a un gomía a manejar las cosas con arrojo pero en prudencia. Se diría que Yrigoyen, y su nacionalismo a la Yrigoyen, estaban terminados. 

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 Nadie contaba con el ‘viejo’ y su renacida popularidad, nunca desmentida. Bastó que saliera en campaña por los recovecos argentinos para que el Pueblo volviera grupas. El Estado, las provincias con sus gobiernos, los partidos sostenidos con grandes sumas, la prensa seria e importante, las embajadas que todo recomiendan, quedaron perplejos e impotentes: Eran entelequias de un país que había empezado a terminar en el ’16. Bastó que el ‘viejo’ saliera en tren en campaña, para que el Pueblo se olvidara de esas leyendas de bigamia y culturas contrapuestas. El Pueblo era argentino, y de don Hipólito Yrigoyen. Y andá a cantarle a Gardel.

 Que, justamente, se mandó un cántico por el golpe del ’30 del cual mejor no vamos a hablar. 

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Los ’30. 

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  Después del garrote de Von Pepe y Sánchez Sorondo (septiembre del ’30-abril del ’31), las cosas, con sus brusquedades indecisas, las volvió a manejar don Agustín P. Justo, el General Ingeniero. Un Justo que fue el más buscado desde que Marcelo le entregase el ministerio de guerra para hacer a su antojo y montar una estructura que más temprano que tarde lo depositara en el cargo importante. Montó un partido nacional, “La Concordancia”, fundido de los antipersonalistas que no volvieron al Partido (bajo el ala de Marcelo), los conservadores provinciales reunidos en el denominado Partido Demócrata Nacional, y los socialistas independientes de la Capital. El mejor exponente de los conservadores provinciales era el hijo de Roca, Julito Pascual, a quien hizo vicepresidente, con la conformidad conservadora. Pero Justo y los conservadores eran un matrimonio por conveniencia. Y estos se lo hacían sentir; El Presidente, por sí, sacaba el garrote cuanto hiciera falta para recordarles quien manda: Si lo sabrá la provincia descabezada a la que Justo (y luego Ortíz, también Castillo) hundían en su desautonomía cada día más. Los conservadores se abroquelaron en las provincias, dejando a Justo el manejo del Estado, y anduvieron sin que uno ni otros se metieran en la cama ajena. A Justo le alcanzaba. A los conservadores, provinciales, también. 

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El Conservadurismo. 

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    Las élites que sobrevivieron a las dragonadas de Mitre, el abandono de Urquiza y no se la jugaron a morir con el Chacho y Varela, se acomodaron a lo que hay. Vieron como el eje definitivo de la política vernácula se corría al Puerto y sus aledañenses, La población se modificó en representatividad: La Pampa se hizo Gringa y las provincias de adentro, de ilustres apellidos del pasado, se contentaron a lo que hay. Por suerte para ellas, Adolfo Alsina se pelió con Mitre y se les abrió en la brecha una chance. Los aporteñados como Sarmiento y Avellaneda llegaron al poder, una asonada mató a Urquiza, sacándose de encima la lealtad que le debían, y pudieron desenvolverse dentro del juego que les destinaba Roca. La condición era básica, y única, no sacar los pies del plato

  Los hubo gobernadores progresistas y otros no tanto, algunos más conservadores, otros liberales y masones. Eso no importaba: Con tal que votasen a nacional lo que les indicara Roca. Cada provincia gozó de las libertades que le otorgaba el Régimen, y adhirieron con fidelidad al pregón de la hora. Sacaron carpiendo las intromisiones del porteño Alem, que le hablaba a los federales de antaño, y algún temblor sintieron. Pero en general los problemas eran más propios que ajenos.

 Por treinta años el Régimen fortaleció a las élites provinciales, algunas de ellas que lo fueron oligarcas, otras aristócratas, diría que ninguna fue feudo de alguien en particular, y tampoco dejaron suelto asuntos al azar. La cosa funcionó como si la Argentina fuera una multiplicidad de ellas en donde lo nacional se administraba en el lejano puerto, y lo verdaderamente importante en la capital provincial donde tallaba el político de turno. Político de turno que dirimía los asuntos en los club’s locales, donde el ingreso estaba vedado a lazos sociales, apellidos importantes, casorios arreglados, y alguna recomendación de Roca, muy dado a ofrecer a jóvenes talento alguna que otra oportunidad. El ojo clínico del ‘Zorro’, a excepción con sus sucesores, fue su más maravillosa maravillosidad

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  Entonces a Sáenz Peña se le ocurrió eso de la ley electoral acordada con el sobrino del revoltoso. 

 Se la tuvo como una acordada para que Yrigoyen ganara algunos distritos y nada más. Así fue: Los radicales ganaron Santa Fe (divididos encima los conserva) y el Puerto que nada importa. Quedaría impotente porque no le daba el piné para ganar lejos del Paraná. Ganó Entre Ríos semanas antes que muriera Roque, y con eso bastaba. Don Marcelino Ugarte volvió a la provincia descabezada, y era un aliciente. Entonces, el desastre. 

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 Algunos diputados y referentes del extinto saenzpeñismo, se dieron cuenta que Yrigoyen era cosa seria. Y fundaron un partido destinado a detenerlo: La Democracia Progresista. El conservadurismo se dividía. Los progres que rodearon al huraño Lisandro, y los que seguían manejándose como antaño. Les faltaba un campeón a los partidarios de Roca, y no lo encontraban. Eran momentos terminantes. E Yrigoyen, pescador de ilusiones, lo aprovechó como ninguno. 

 Catorce años a merced de los radicales, hasta el luminoso regreso de los años ’30. 

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Los ’30.-

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 Años esperando el regreso, algunos ya pintaban canas. Encima bajo la presidencia de Justo, que no era propio. Sin campeón a la vista, se juntaban en el Jockey porteño o en las confiterías de Retiro, sin entusiasmo, ni prisa, ni mayores ambiciones. La corrupción se expandía hacia la infamidad. Hasta los radicales cayeron enredados. Los conservadores eran cosa antigua, pero la juventud tampoco se hacía su rumbo. La decadencia moral del páis iba en aumento y ni siquiera los formalismos, que Roca respetaba y mucho, eran cosa constante. A poco el Ejército ocupaba espacios que la política corrompida cedía, y a nadie le generaba más que un suspiro lo que acontecía. Todo daba lo mismo, nadie esperaba nada de nada.

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 Cuando el íntegro Castillo, que no fue ajeno a la jugada, accedió a la Presidencia por licencia del mandatario tras el escándalo del Palomar, se lo tuvo como a uno propio y nada más. ¡Quién diría que la personalidad del catamarqueño se impondría a Justo en sus enjuagues, dejándolo en orsai!

  Castillo sabía, debió saberlo, que todo su pasar por la Presidencia, dependía de llevarse bien con Dios y el Diablo, sin jugársela por naides más que por su fina intuición. Austero y eficaz, autoritario cuando la situación mandase, no tenía mayores pergaminos para ofrecer a la ciudadanía, que su rectitud dentro de partidarios salpicando manganetas, corruptelas y fraude por doquier. Él era un hombre del conservadurismo, aún cuando no lo ensuciaran los negociados habituales y la gente le apreciara un poco más que a otros en el mismo cargo. 

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 Dueño de la política vernácula en 1942, con triunfos electorales y diplomáticos, muertos Alvear y Justo, el Presidente era, al iniciarse el ’43, dueño del presente y del futuro político del páis, como pocas veces pasa.  

 Y sorpresivamente, no terminaría el año ni dueño, ni presente, ni futuro. Todo el andamiaje de Justo se desplomó sin más, porque como toda estafa, carece de vigas sólidas. Ni siquiera Castillo, el más noble de esos años innobles, pudo sopesar su integridad a la pesadilla creada, a esa entelequia política llamada Régimen Conservador. 

Continuará…

3 comentarios

  1. Pio

    Continuará?

  2. Carlos

    Continuará…

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  1. IV- Del Golpe a la Revolución del 4 de Junio de 1943. | Carlos Pistelli

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