Carlos Pistelli

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IV. El Parque: De la Revolución al Golpe Palaciego.

 El 6 de agosto de 1890, el Jefe de los incondicionales presenta la renuncia a la Presidencia de la República.

 La Asamblea Legislativa reuniose con premura, y se la aceptó por 61 contra 23 recalcitrantes que se negaban a reconocer la realidad.

ROCA-JUÁREZ-PELLEGRINI.

https://carlospistelli.com/2019/03/07/iii-el-parque-los-combates-carlos-pistelli/

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Historia de Juárez, 

 Nacido el 29 de septiembre de 1844, a punto de cumplir 46 años, el desengañado Miguel Ángel estaba sumido en una cruda depresión. Sentíase traicionado por su concuñado, al cual responsabilizará de su caída. Pero el cordobés se engañaba, y mucho.

 

   Compañeros de aventuras políticas, familiares, y finalmente amigos, Roca y Juárez se conocían desde cuando ambos noviaban con las hermanas Funes Díaz (nietas del caudillo Javier por parte de la madre; de don Ambrosio por parte del padre, sobrinas nietas del Deán Gregorio, nada menos!), puntales de la aristócrata Córdoba, dueña del centro de la República, sus intereses, rival de Buenos Aires.

 Se casaron con diferencia de unos meses, en el mismo año ’72, y en la Catedral de Córdoba. Fue la entrada triunfal de Roca en las tertulias cordobesas, y haciendo buenas migas con el concuñado.  A Juárez se le abría un futuro promisorio en la política provincial, y no lo desaprovechó. Diputado en la legislatura por acción de Roca (1874), senador (1876, ya por motus propio) y jefe de la élite roquista. La muerte temprana del gobernador electo Climaco De La Peña en 1877, abrió un horizonte de incertidumbre, que Juárez cortó de cuajo con un práctico mensaje por telégrafo al jefe del destacamento de Río IV, su propio concuñado. Roca cayó en Córdoba e hizo asumir al vice electo, doctor Del Viso, que llevó a Juárez al ministerio de la gobernación.

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  Roca, desde Río IV, era dueño de cuatro provincias, o al menos eso quería creer: Mendoza (por intermedio de Civit, con el cual le unían agradecimientos recíprocos), San Juan (por intermedio de los regeneradores que le tributaban lealtad aunque reconocían a Sarmiento como jefe) y San Luís (Cortés, que le debía el cargo), que controlaba con su segundo, el oficial Carlos Panelo y con lejana influencia en Rioja. Adolfo Alsina, ministro de guerra, desconfiaba del Zorro del Desierto, y bien que lo hacía. 

  Juárez hizo un brillante ministerio, y al subir Roca al cargo del fallecido Don Adolfo, manejó los hilos políticos de las provincias mencionadas, a indicación del cuñado. Fueron seis meses de incertidumbre, en donde Avellaneda, Presidente (1874-80), se dejaba tironear por la “Conciliación” y Roca padecía una larga enfermedad por seis meses que casi se lo lleva con Alsina. Ese medio año de un fino Juárez aseguraron la posición de Roca, que nunca lo olvidó.

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Roca en Buenos Aires, 

  Tironeado por los conciliados, prepoteado por el Gobernador Tejedor de Buenos Aires, Avellaneda no las tenía todas consigo. Brillante estadista al frente del ministerio de instrucción pública con Sarmiento (1868-1873), hombre de Don Adolfo, que sabía muñequearlo, se encontró huérfano entre Diciembre del ’77 y julio del ’78, cuando Roca asumió su cargo. Huérfano digo, porque Avellaneda carecía de carácter para mandar: ¡Y era Presidente!

  Al principio, Roca se manejó con prudencia, aconsejando a los suyos en Cuyo y Córdoba acompañar lealmente al Presidente, y edulcorar a Tejedor. Enorme conocedor del carácter humano, Roca comprendió, como diría Avellaneda, que no hay ciudadanos en Buenos Aires, aunque el Presidente lo diría despectivamente sobre los manejes de su ministro. Roca creyó en Sarmiento, al que calificó como a un enorme y talentoso hombre del páis. Mais al tratadle, comprendió que carecía de tacto y muñeca política, apenas siendo un mero vanidoso con arranques de furia implacable y destructiva. Nadie en Buenos Aires daba dos pesos por Roca, a quien se tenía como una debilidad más del dócil Presidente, y como mucho un compañero de fórmula para un porteño de carácter y poder. Roca, vivísimo, se los dejó creer. Intentó formular partido con los republicanos de Aristóbulo Del Valle, Alem y Dardo Rocha. Aprendió también que con ellos no iría a ninguna parte, aunque Rocha, ambicioso, vio en Roca un trampolín para sí mismo y se le unió, pero sin entusiasmo.

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 Pero fundamentalmente, Roca comprendió tres cosas en su estadía ministerial, mientras preparaba la Campaña al Sur:

  • A Buenos Aires había que saber tratarla, endulzándola al oído, sin ofenderla, procurando evitar conflictos innecesarios de vieja data: Pero, en el Colegio de Electores que elegía Presidente, Buenos Aires no hacía mayoría si contaba con sus votos de Córdoba y Cuyo, más los del Caudillo Iriondo de Santa Fe que venía en su auxilio.

     (Nota del Autor:Buenos Aires daba 53 electores; Catamarca 12; Córdoba 25; Corrientes 16; Entre Ríos 17; Jujuy 8; La Rioja 8; Mendoza 10; Salta 12; San Juan 10; San Luis 10; Santa Fe 12; Santiago 17, y Tucumán 14. 224 en total)

  •  Mitre y el mitrismo eran una secta que se creía dueña del país, como escribió, pero al desandar el camino, comprendió que no valían nada, y que todo era impostura, con un par de diarios, sí, influyentes, pero que no le harían mella.

  •  Y un mocito llamado Carlos Pellegrini, al que usaría dos décadas y chirolas como ariete de sus planes.

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 Mientras Juárez le cuidaba el rancho, y se lo administraba, Roca procuró forjarse un porvenir en la Ciudad-Puerto. A pesar de su exitosa campaña al sur, mancó el camino. La Ciudad-Puerto le era esquiva, y su gobernador, sin siquiera los talentos del sanjuanino, otro Sarmiento irritable, terco y miserable. Juárez le organizó la “La Liga de Gobernadores” (Córdoba-Santa Fe-Tucumán-Entre Ríos) que sumada a las provincias cuyanas hacían mayoría, pues arrastrarían al resto.

 Pero para ganar la contienda que se avecinaba guerrera en 1880, la suerte de Roca, Juárez y sus amigos estaba en manos del irresoluto Avellaneda y el provocador Tejedor. El 26 de Febrero de ese año se produce un hecho que casi da por tierra con todo: estalló una revolución en Córdoba, promovida desde Buenos Aires y dirigida por Lisandro Olmos. Del Viso, gobernador, y Juárez, ganancioso en la contienda para sucederle, fueron capturados. Fue tan audaz la jugada de Olmos que se pensó que Avellaneda cedería a Tejedor, dando por tierra con Roca. 

 Roca quiso ganar tiempo intentando una conciliación imposible con Tejedro para evitar la contienda que se avecinaba. Entonces recurrió a Pellegrini, el mocito que revestía en el ministerio de guerra, a su renuncia, y que descubrió que nadie hacía algo sin consultársele al renunciante.

 Por un momento, pensó Pellegrini, al ofrecérsele la cartera, que le daban las llaves mágicas que abren todas las puertas. Pues no. Iba de portero del dueño del edificio. Aceptaba el encargo, u otro lo haría. Desde entonces no se entendería a uno sin el otro, y ese tándem manejaría la política nacional veinte años, aunque reitero, uno era el mero portero del otro. Y aunque Pellegrini formó partido propio dentro del Conservadurismo porteño, Roca le cortó todas las alas más allá del Arroyo del Medio, acuerdo mediante de no metérsele en Bs. As.

 Pellegrini, por capacidad, talento, y enjundia, es apreciado en la historiografía y se le da un valer, que merece y tuvo. Pero todo lo que fue el ‘Gringo’ fue gracias a Roca. No por nada, la fórmula que lo reemplaza en el poder en 1886 fue JUÁREZ-PELLEGRINI. El Zorro premiaba a sus aliados más importantes.

 Pero, precavido, porque aunque los dos le protestaban lealtad, nunca se sabe lo que el poder hace con un hombre. Jamás pensó Roca que Juárez intentaría jugársela, pero Miguelito lo intentó. Entonces resurgió Pellegrini, cuando más se lo necesitaba.

 Roca debió entrever las botas que calzaba su concuñado cuando lo alzó como el candidato a sucederle. Nadie daba un céntimo por Juárez en Buenos Aires, la ciudad sin alma tras 1880, pero tampoco nadie movería un meñique para evitar su encumbramiento. Debió entreverlo cuando…

  … unos jóvenes mitristas fueron a visitar al candidato ungido a Córdoba en nombre del Patriarca Liberal que lo recibiría para darle el espaldarazo final. Juárez respondió con una altanería cordobesa para el ídolo de los porteños, válida para sus coterráneos, y para la historia: Totalmente impolítica en su presente. Mitre se ofendió, organizó una oposición al candidato, y los diarios de Buenos Aires jamás aceptaron la Presidencia Juárez.

  Empezaba a los tropiezos una Presidencia destinada a ser desalojada a las patadas.

 No pasaron dos años de gobierno que Roca, en carta del 5 de marzo de 1889, se expresaría con términos desusados en él. “De Juárez no tengo nada que esperar sino que continúe en sus maldades y bajezas conmigo. Las viles y ruines pasiones que nuestro presidente tenía en germen y medio ocultas han florecido espléndidamente en el poder. No de balde en Córdoba el instinto público lo repulsaba y repulsa siempre . . . No hablaré de su ignorancia y falta de preparación y de miras para desempeñar el gobierno de la nación, porque ha podido suplirlo con un poco de sentido común”.

 

 Todo marchaba en tropel al éxito. En todo eso pensaba Juárez Celman, la mañana del 6 de agosto, mientras se prepara para renunciar.

Continuará…

 

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Escritor peso superwelter. Ensayos, crónicas, causeries. No sé qué es el Ser nacional. Pero dice Sarmiento: "si solventáis un poco las solapas del frac con que el argentino se disfraza, hallareis siempre el gaucho más o menos civilizado, pero siempre el gaucho”.

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