Carlos Pistelli

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VI-Bicentenario de Cepeda: Los estertores del muerto.

 En la Cañada de Cepeda, el 1° de febrero de 1820, vino a morir aquel Virreinato del Río de la Plata creado por los españoles en 1776.

  El derrumbamiento del Imperio Español en América, tras la toma de Madrid por parte de Napoleón, fue sorprendente. Trescientos años de historia ligados a los Reyes Católicos desaparecieron de un plumazo. Todas las tensiones regionales, políticas y sociales amparadas, y no resueltas, dentro del Imperio, estallaron, agregándose desconocidas que esperaban su momento de aparecer. América Hispana, reventó por los aires. Londres, Portugal, los nacientes Estados Unidos, el propio Bonaparte, esperaban su tajada.

  En el Plata, lo primero que sucedió, fue una interna entre las élites porteñas, y el desenlace conocido de su confrontación con la frontera, la periferia, inevitable: Montevideo, Asunción, Córdoba, el Alto Perú (Bolivia), quisieron, y lograron, romper con Buenos Aires, que quería reemplazar la dominación española, con su hegemonía portuaria. Dos siglos más luego de Hernandarias, y otra vez las mismas luchas. Para enero de 1820, Artigas, el Jefe de todos esos justos reclamos, se paraba fuerte ante el Puerto, justamente cuando acababa de ser expulsado de su tierra, por el Portugal. Bustos, cordobés, amotinaba las buenas tropas del Ejército del Norte. Y un santafesino, como si lo fuera heredero de Hernandarias, y el Comandante al mando, lugarteniente de Artigas, dueño del Entrerríos, dieron la estocada final.

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   Mamita Rondeau, al mando de unos 2.000 hombres, sin siquiera los indios que le prometió conseguir Chiclana, mandaba en jefe una tropa sin deseos de combatir. Le secundaban Juan Ramón Balcarce, y Martín Rodríguez.

  De la última campaña al Alto Perú (1815-1816), pesaban sobre Rondeau y Rodríguez duras acusaciones vertidas por Güemes. De querer pasarse a los españoles. Nadie obedecía a Mamita, y todo venturaba un caos final. Inclusive al abandonar la ciudad, ya hubo intentos de darle un golpe en seco, provocando el exilio de Pueyrredón y su gente.

 Rondó esperó por el Libertador: Éste nunca llegó. San Martín, a quien se le había ordenado regresar con parte del Ejército de Los Andes, pegó la vuelta y juramentó a sus hombres en Rancagua. Jamás la vecindad porteña le perdonó el paso. De paso, San Juan también se rebeló a Buenos Aires, y a Mendoza, nacienco como provincia autónoma. Los últimos estertores del Directorio, agonizaban en pronto final.

 

El final de los Pueblos Libres, 

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  Mejor no la pasaba la Confederación de Pueblos Libres, que Artigas protegía. Destrozado en Tacuarembó, obligado pronto a pasar al Entrerríos, en protección de viejos camaradas, el viejo Pepe, inquebrantable en sus propósitos, estaba vencido.

 Para los albores de la batalla, nada se sabía en Cepeda del desastre final, pero había un hombre entre los caudillos, que lo entorpecía todo: José Miguel Carreras. Artigas le ha prevenido a Ramírez sobre el héroe de los chilenos:

 José Artigas a Francisco Ramírez 17/08/’19. Le informa de la llegada del segundo enviado de Buenos Aires. Manifiesta que aunque el  propósito de dicho emisario es salvar la conducta del gobierno de Buenos Aires explicando que no existe complotación con Portugal, los hechos demuestran lo contrario, pues aquel se niega a declararle la guerra. Por estos motivos le exhorta a redoblar esfuerzos en bien de la causa. Dice que se ha hecho presente en el Cuartel General Manuel Duran, Comandante de San José, al que se le reprocha haber permitido el paso a Higueritas a José Miguel Carrera, quien se proponía dejar su imprenta en el Arroyo de la China, pasar a Paraná y de allí encaminarse luego a Chile. Le recomienda vigilancia de todos los puntos, pues si bien sospecha que Carrera se encuentra en filas portuguesas, también es posible que arribe a uno de aquellos, a la espera de que se franquee el paso por la cordillera.

 Pero Artigas no sabía que Carrera ya estaba en el campamento de Ramírez, orillas del Gualeguaycghú, y que Ramírez iba a desobedecerlo abiertamente.

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  Carrera arrastraba una frustración mayúscula desde su derrota militar en Rancagua; su eliminación de la campaña a Chile por parte de San Martín; su destierro de Sudamérica por parte de Pueyrredón; el fusilamiento de sus hermanos y el oscuro episodio de Rodríguez; y hasta el encadenamiento de su octogenario padre. Odios ya eran sus sentires, y revanchismo, todos sus procederes.

 El 28 de Junio de 1819 dejó Montevideo, despidiéndose de su padre. Fue capturado por una tropa portuguesa, pero Lecor ordenó dejarle andar. Complicidades qué le dicen. El 10 de julio en la Higuerita, donde Durán le dejo pasar. El 31 en Soriano, corazón de la epopeya artiguista. El Benjamín Vicuña MacKenna que escribió sobre la vida de Carrera, dice de Ramírez: Mulato de origen, y por tanto ardiente y sagaz, impetuoso y atrevido, notable, había pasado sin embargo los primero saños de su vida en un taller de carpintería. La revolución despertó su espíritu, la guerra civil armó su brazo, y en los campamentos se hizo pronto hombre de consejo por su mirada certera, como en las batallas su espada era la más temida y la más feliz. Ramírez quedó maravillado de Carrera al conocerle, y desobedeció a Artigas quien volvió a ordenarle que le prendiera. Desde ese preciso momento, sumado a la desobediencia de Rivera, Artigas mandaba solo el suelo que pisaba, y nada venturaba que podría ser por mucho tiempo.

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  Carrera se la pasaba escribiendo un folletín La Gaceta Federal que se publicaba en Santa Fe. Su familia se vino de Montevideo y afincó en La Bajada. También hizo buenas miles con López, y en los primeros puestos de avanzada, marchaba junto a él. Al producirse el motín de Arequito, Ramírez le mandó a convencer a Bustos de unírseles. Pero el General de Córdoba no cayó en las redes del chileno. Paz, en sus Memorias, dice que se la pasó hablándoles mal de San Martín y eso cayó pésimo entre la oficialidad.

 En la última semana de enero las tropas conjuntas de Ramírez, Comandante en Jefe, unos seiscientos entrerrianos; López, con sus famosos dragones, unos quinientos hombres; Pedro Campbell con 300 correntinos y misioneros; más la tropilla chilena de Carrera, avanzaron sobre el Arroyo del Medio, límite divisorio entre Santa Fe y Buenos Aires.

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 La batalla estaba a punto de producirse.

 A 5km al este del actual pueblito de Mariano Benítez, encontraremos el lugar donde se produjo la lucha. Los efectivo de ambos caudillos sumaban 1.600 hombres, que fueron concentrados en inmediaciones del Arroyo del Medio. A causa de las circunstancias expresadas, Rondeau se encontró aislado; pero resuelto a llevar la campaña en cualquier forma, avanzó con su ejército hasta San Nicolás y, a continuación, mediante un movimiento de flanco, remontó el Arroyo del Medio y se situó en la Cañada de Cepeda. El Director Supremo eligió su posición en una suave lomada, próxima a la Cañada, que dominaba a ésta y a sus adyacencias(1).
 (1) http://www.revisionistas.com.ar/?p=15447 Continúa el sitio de Gabriel Turone: El 31 a la noche, un movimiento sospechoso descubierto en el campo de Rondeau, hizo creer a Ramírez en la posibilidad de una retirada del adversario aprovechando la oscuridad, razón por la cual se movió con sus fuerzas interponiéndose entre la Cañada de Cepeda y San Nicolás. En esta situación dirigió su primer ataque contra el ejército de Buenos Aires, logrando arrebatarle la mayor parte de sus caballadas. Rondeau, que había resuelto adoptar una actitud defensiva, pero sin eludir el combate, había tomado sus disposiciones durante la noche. Estableció su línea dando frente al este, con la Cañada de Cepeda delante; apoyó su izquierda sobre un recodo saliente de la Cañada y colocó en ese punto un escuadrón de caballería al mando del comandante Castellanos. En el centro formó la infantería porteña y la artillería. El grueso de la caballería, constituyendo una masa de unos 1.000 jinetes, fue situada en el ala derecha, desplegada y a órdenes directas de Rondeau. Al amanecer del 1º de febrero, Ramírez se adelantó a reconocer la posición enemiga. Comprendió la imposibilidad de un ataque frontal y efectuó un rodeo hasta quedar colocado en las espaldas del ejército de Buenos Aires. Rondeau apenas tuvo tiempo para dar media vuelta y quedó, desde luego, en orden inverso al inicial.

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 Era el momento para la lucha. A las 8:30 se izó bandera colorada entre los federales, señal de ataque. López y Campbell, en persona ambos, atacaron sable en mano la caballería enemiga, desbandándola, arrastrando al propio Rondeau en fuga. Ramírez, por su parte, aniquilaba la derecha porteña. Solo quedaba la infantería de Balcarce, Rolón y Vidal en pie, que formó cuadro y pudo retirarse en orden hasta San Nicolás.

  Termina Turone, La parte más fuerte del dispositivo enemigo no es la infantería, sino la caballería, que era la más numerosa y arma decisiva en los combates de la época. Por ese motivo, el mando de la misma había sido asumido por el general Rondeau. Contra ella, pues, se dirige Estanislao López. Comprende que no debe darle tiempo a que reacciones y se lanza rápidamente en una impetuosa carga, no tanto en busca del choque sino del entrevero, por cuanto en él se condensaba la táctica más eficaz de sus montoneros, táctica que en esta batalla tuvo su más amplia consagración. López se anotaba un nuevo poroto en su genio militar, y la victoria corresponde al genio de Ramírez.

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 La batalla de “un minuto” ha finalizado. Rondó ha perdido hasta el gobierno, y en Buenos Aires cunde el pánico. Deponen al Director, reasume el Cabildo su soberanía, y nombran al General Miguel Soler Capitán General de la defensa. Se entregaban a sus opositores -Soler era sobrino de Saavedra, y heredero de su partido- con tal de no caer presa de los bárbaros. Estos avanzaban lentamente, lanzando proclamas, recorriendo Cepeda->Pergamino->Arrecifes->Salto->Areco. Se esperaba un nuevo combate entre Soler con los Caudillos.

 Pero Soler no era ningún gil, aunque algo irresoluto, como su tío, y escribió al Cabildo: ¿Para cuándo guarda V.E. su poder? ¿Hasta que grado piensa llevar el sufrimiento? Las provincias se han separado y por consiguiente ¿a quién representa ese Congreso? Los enemigos no quieren tratar con autoridad que dependa de él; sólo V.E. se presenta en este conflicto como el iris de paz. El ejército (exterior) ha jurado sostener su resolución reducida a que se disuelva el Congreso, se quite el Director, y se separen de sus destinos cuantos empleados emanen de esa autoridad, por considerar que están íntimamente unidos a la facción degradante de Pueyrredón, Tagle y sus secuaces que no numero por ser bien conocidos. Que salgan todos de Buenos Aires… Pepe Rosa, de quien saco este extracto, lo conmina a ponerse al mando de la tropa y tomar el poder bajo apariencias. Pero Soler, como Saavedra, no era de armas tomar. Y lo pasaron pa’l cuarto, cayendo ingenuamente en una cama política de antología.

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 En ese juego en donde desangraban ajenos, un tridente para la historia parecía que hubiera orquestado todo Cepeda. Carrera, en el teatro de operaciones; Don Manuelito Sarratea, recién arribado a Buenos Aires, y manejándose brillantemente entre bastidores; y, esperando su hora, Carlitos Alvear en Montevideo.

 Todo eso lo dejo para una próxima entrega. Así terminó el Virreinato del Río de la Plata que pudo ser una Nación indivisible de la América Libre.

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Escritor peso superwelter. Ensayos, crónicas, causeries. No sé qué es el Ser nacional. Pero dice Sarmiento: "si solventáis un poco las solapas del frac con que el argentino se disfraza, hallareis siempre el gaucho más o menos civilizado, pero siempre el gaucho”.

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